6 jul. 2012

Don Antonio Machado.


Una vez la canoa hubo tocado tierra de nuevo, Guillermo y Ginés se afanaron en las labores de limpieza de mantenimiento. Sin duda esta es una tarea harto pesada, especialmente para Ginés quien pese a ser murciano se le ponía la nariz roja tras horas de exposición al sol, en cambio, el moreno andaluz de Guillermo era permanente. Llevando a cabo un sobre esfuerzo vacacional ambos amigos acarrearon con dicha embarcación hasta un garaje donde la guardaban gracias a un veterano cofrade, hermano de una prima de Ginés que en el arte de rellenar el calamar no tenía par.
El ir y venir en la lonja era el habitual en esta época. Un señor pescador que se dirigía al bar del puerto comentaba que la jornada había sido regular; ¡Mucha gamba! -decía sin emoción alguna en sus palabras. Al menos esta tarde sale todo directamente y no tenemos que andar congelando -se excusó su paisano-.
Finalmente Guillermo, quien era muy derecho en el arte de negociar consiguió dos pares de jureles que cenaría en casa del único andaluz que pasaba la época estival en estas tierras. Su nombre es Eduardo, un rico barón que según se conoce era tataranieto de Eduardo manos tijeras. Eduardo había pasado en su vivero la hora más agradable de una tarde de abril injertando en árboles jóvenes nuevos brotes recién adquiridos. De ese modo para el mes corriente, el de julio; podía gozar de un agradecido sombraje de viñedos en su jardín donde había dispuesto una barbacoa para sus cenas con la más alta alcurnia, el capitán de barco Lorenzo y el resto del patronazgo de la confederación.
Cuando Ginés y Guillermo arribaron a los suntuosos jardines del señor Barón lo encontraron divagando frente a una de las páginas centrales del diario La Verdad de Murcia. Los jardines estaban bien dotados de los más variados cactus, planta de Aloe, flor de lavanda, tomillo, romero, una pala de higos a la que no había afectado la plaga de cochinilla del verano del 2011 y un olivo muy bien acicalado, tanto que parecía una pieza de museo.
La consejería de medio ambiente suprime el presupuesto para el plan de prevención de incendios de Calblanque y Portman”.Cuando Ginés leyó el titular su curiosidad le embistió de tal modo que soltó un impropio ¿qué te parece?, al señor Barón. En ese mismo instante Guillermo se sentó presumiendo de haber pescado él mismo los jureles mientras hacía una mueca de reverencia a don Eduardo. El anfitrión le agasajó exponiéndole todo un cálculo racional acerca de la estrategia política en estos momentos críticos y dijo así: “Es admirable la labor de la consejería, destinan todos sus esfuerzos a luchar contra el desastre de Moratalla, un lugar en el que a pesar de la abundancia del pino carrasco y un delicioso río para el fresco baño, había tenido que cerrar su actividad económica por culpa de la crisis y ahora vuelve a ser virgen”
Ginés elevaba la vista hacia el horizonte sin pensar que todavía no estaban los troncos en el punto de combustión adecuado para asar los jureles, y eso sin tener en cuenta que habría que ir a la cocina a por limón y sal, las que vienen con un litro de cerveza. Don Eduardo finalizó su lección magistral de perorata demagoga y se dedicó en pleno a agasajar a sus alegres compañeros de cena. Era todo un placer para don Eduardo conversar con Ginés y Guillermo quienes se pasaban el día rastreando la zona en busca de nuevos fenómenos de los que extraer futuros proyectos de desarrollo. De ese modo, entre hipérboles y andaluzadas transcurrió el paso del atardecer al anohecer.
En época estival lo mejor es conversar dispendiosamente cuando la puesta de sol cede su protagonismo a la brisa de lebeche. No obstante este no iba a ser hoy el caso de Nerea debido a la premura de las fechas para entregar las prácticas de septiembre. David deambulaba en derredor del pupitre intentando conjugar el descanso eterno con el trabajo creativo; Nerea -dijo-, esta asignatura de literatura española de segunda mitad del siglo pasado es un rebozo de tópicos; lo mismo te enjambras en la colmena, te sientas frente al campanario de la iglesia con Azorín viendo pasar los trenes, estudias la introducción a la obra de Eduardo Mendoza que te pones a ver la filmografía de un mercenario contemporáneo de Velazquez, el artista sevillano.
Precisamente por eso -respondió Nerea-, quiero redactar un ensayo sobre la obra de don Antonio Machado, un artista que creo su arte a la vez que lo vivió. Para conocer la obra de Antonio Machado -prosiguió Nerea- debemos tener muy en cuenta su contexto histórico. Lo de Machado tampoco es un chiste.
Ya sabes que cuando Guillermo y Ginés se enzarzan a discutir parecen gallegos, con tal de llevarse el gato al agua se buscan eufemismos en la nuca. A Freud hay que estudiarlo en su contexto, su obra fue científica pero revolucionaria, por eso se acaudaló de tanta crítica. Antonio Machado es diferente porque era militante del bando perdedor y aún así debía crear como todos debemos hacerlo.
Efectivamente amado David, el señor Machado no cejó en su empeño de lograr lo imposible, dibujar en un azulejo especial llamado “ostraca” la tristeza de la sociedad española de la posguerra y ganar la guerra con la letra. Muchos ensayos realizó a muy pesar de su vida, por consiguiente su destino fue morir en el destierro francés, el ostracismo. Sin embargo querido David si no haces mucho caso a los planes de estudio refrendados por la consejería de Universidades, puedes acceder al correo personal que el señor Machado mantenía con el señora Guiomar, con quien al parecer fue al teatro a presenciar una pieza conocida como “La Lola”:
La Lola
La Lola se va a los puertos
la isla se queda sola

¿Y esta Lola quien será
que así se marcha dejando
la isla de San Fernando
tan sola cuando se va?

Ciertamente son unos versos líricos encantadores viniendo de tus labios, lo que no alcanzo a comprender es cómo vas a obtener seis créditos por gastar tus horas en semejantes minucias. Querido David -repuso Nerea-, estos pequeños detalles son los que dan a un ensayo la perfección de la cuadratura del círculo, la de las pirámides de Egipto.
Creo que debes perdonar mi intromisión puesto que no soy lego en las reflexiones concernientes al arte de la literatura, sin embargo me aventuro a indicar que el eje del asunto estriba en el modo de expresión filtrado mediante su contexto propio. Y de ese modo toda comparación resulta instructiva. El señor Freud se sumergió por la ribera del chiste y arribó a la circunferencia completa de la vida y don Antonio por la de la esperanza inteligente atracó en puerto semejante, observa la trigésimo primera epístola: “... el amor no solo influye en nuestro presente y en nuestro porvenir, sino también resuelve y modifica nuestro pasado. ¿O será que, acaso, tú y yo nos hayamos querido en otra vida? Entonces, cuando nos vimos, no hicimos sino recordarnos. De este modo, es muy posible que en otras vidas nos volvamos a querer, y eso daría un gran encanto al más allá. Y ahora recuerdo un cantar mío -cosa rara de mí- que no se si has leído:
¿Qué es amor?, me preguntaba
una niña. Contesté:
Verte una vez, y pensar
haberte visto otra vez.
Nerea, atenta y cabizbaja debido a la precisión que exige el análisis morfológico de un reputado poema asentía con la cabeza. Una vez finalizado el discurso de David levantó suavemente el rostro y dirigiéndose a David arguyo con emotiva nostalgia que esa teoría del amor es tan antigua como “el Banquete” de Platón. El hecho de que las Universidades españolas de la época estuvieran bajo el yugo de la iglesia no eliminó la inteligencia de la nación. ¡ Tú y yo hemos conversado en repetidas ocasiones acerca de este asunto! -exclamó Nerea-. David quien lo había aprobado todo en Junio se marchó a ver Trainspotting en el cine de verano, ahí estarían todos sentados en las clásicas banquetas de madera con su caña de cerveza en la mano.

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