15 oct. 2011

La comunicación, los medios y su influencia.



Para establecer cabalmente la influencia de los medios y su evolución en los tiempos modernos, deberíamos plantearnos también, siquiera en términos dialécticos, la pregunta contraria, a saber: ¿Influye la realidad social en los medios? Es decir, los medios crean opinión, difunden modas, simplifican y estandarizan comportamientos y estilos de vida, sin duda, pero ¿es que los media a su vez son otra cosa que un reflejo, un escaparate selectivo de lo que “se cuece” en la vida social? ¿Acaso la radio, la tele, las revistas y periódicos, construyen su discurso, su mensaje al margen de la sociedad en la que existen? No es éste asunto baladí, sobre todo porque resulta demasiado fácil, sospechosamente sencillo, echar las culpas de según qué cosas a los medios, rehuyendo de este modo la propia responsabilidad como padres, por ejemplo, pero también como ciudadanos. De acuerdo, los medios han alimentado o sostenido a personajes tan poco memorables como Belén Esteban o Silvio Berlusconi, pero no han inventado a la audiencia que los sigue, o que los vota. Y siendo serios, no es de recibo alegar aquí eso de que los medios “alimentan a la bestia” y quedarse tan tranquilos: nuestra poco edificante historia, tan rica en persecuciones, inquisiciones y violencia, demuestra más allá de toda duda que “la bestia”, por seguir con el símil, existía antes y al margen de los medios de comunicación de masas, y que éstos, en todo caso, no pueden hacer hoy más que amplificar y acelerar el efecto de sus coletazos. Y eso, sólo si nos dejamos: si el contenido de un programa de televisión no nos gusta, con cambiar de canal, o incluso, miren ustedes por dónde, con pulsar el botón del off en el mando a distancia, pues basta y sobra. Tal vez no lo crean pero, al menos de momento, en este país podemos tomarnos esa libertad. No estamos todavía en Fahrenheit 451, y que dure. Ítem más, si un periódico o una cadena radiofónica nos molesta, con no leerlo o en su caso no sintonizarla, pues oigan: aquí paz y después gloria.
“Pero claro”, puede aducir alguien, “¿qué hacer, por ejemplo, cuando todas las cadenas, todos los medios, se parecen tanto que, si molesta uno, tal vez molesten todos?” Echando un vistazo a las parrillas de las televisiones generalistas en ciertas franjas horarias, es perfectamente posible sostener ese argumento. A veces sucede incluso, aunque es más raro, que varias cadenas emitan a la misma hora documentales de naturaleza y vida salvaje, ya saben, de esos que dicen que ven algunos de los detractores de otros contenidos televisivos menos ejemplares. Una posible respuesta es crear en red nuevos medios de comunicación, pero ésta, aunque importante, no es la cuestión que interesa en este concreto artículo.
En el periodismo se dice que noticia es que un niño muerda a un perro, y no lo es, por el contrario, que un perro muerda a un niño. El aforismo, repetido con irónica condescendencia por redactores jefe, directores y demás mandos, ha servido para adiestrar en el oficio a generaciones de jóvenes reporteros y reporteras, pero el uso no le ha restado eficacia: sigue siendo más noticiable lo excepcional que lo cotidiano. Eso hace que los medios tiendan a amplificar el impacto de hechos, relatos, modas y estilos de vida minoritarios: Es noticia, por ejemplo, un asesinato pasional, nombre que antes se daba a la violencia de género, precisamente porque no nos pasamos la vida matando a la gente que queremos (aunque según las estadísticas, es mucho más fácil que te asesine alguien de tu círculo más intimo que no un extraño). De la misma manera, en esta sociedad líquida que nos ha tocado vivir –y construir, no lo olvidemos–, no es extraño que los medios, que como es sabido necesitan audiencia y son capaces de casi cualquier cosa por conseguirla, resalten aquellas historias que más pueden sorprendernos, sonrojarnos, indignarnos, excitarnos o conmovernos. Decida usted, lector, espectador, miembro de una audiencia, la que sea, a qué medio adscribe uno o varios de los verbos utilizados, y en qué medio así calificado se encuentra usted más cómodo.
¿Cómo nos influyen los medios hoy en día? Pues como siempre, me temo, diría yo: Nos influyen reflejándonos. Con desenfoques, con plasticidades grotescas, con zonas que quedan en sombra porque otras aparecen sobreexpuestas. Aunque muchas veces no nos guste lo que vemos, los medios son, sobre todo, nuestra propia imagen pasada por el valleinclanesco Callejón del Gato y sus espejos deformantes. Pero entiéndaseme bien: No se trata de restarle responsabilidad a los medios. Al contrario, se trata de que cada palo aguante su vela. ¿Será que cada país, cada generación, cada grupo social, tiene los medios de comunicación que se merece? Pues a lo peor resulta que así es, como algunos dicen que pasa con los regímenes políticos. Sin embargo Roland Barthes decía que hay que enseñar a los niños a leer con incredulidad los periódicos. Esa es la cosa, creo, con los demás medios de comunicación de masas: Los niños y jóvenes deben frecuentarlos críticamente, deben entenderlos, deben disfrutarlos, porque conocer cómo funcionan los medios hace que su influencia sobre nosotros disminuya a niveles homeopáticos, porque el conocimiento, al fin y al cabo, es lo que nos hace libres.

11 oct. 2011

El Político y la Metafísica

Hace un par de días, me sorprendería, arrancándome una sonrisa, la definición establecida por un catedrático de universidad en relación a la longeva y sibilina materia de la Metafísica. Según el mentado docente, la Metafísica omnium scientiam capacissima no sería sino “el conocimiento del Todo”. ¡Saber nada desdeñable! Sin apaños, zarandajas ni inmodestia la Metafísica no se conforma, a diferencia de otras ciencias, con aquilatar y deslindar una porción determinada de la realidad. ¡Nada de eso! La Metafísica es ciencia de altos vuelos y buena muestra de ello es su desmesurada propuesta de abarcar el Todo a procura de un saber compacto, homogéneo y tan extenso como el propio universo mundo. Y el Todo no debe de ser cosa de poca monta. Pero ahí, en el conocimiento del Todo, residen las ventajas del avezado metafísico. Éste poseerá un conocimiento tan amplio y profuso que estará capacitado para divagar sobre las pruebas de la existencia de Dios, preparar un cocido madrileño, calcular la trayectoria de un satélite orbitando sin control alrededor de la tierra, reparar una cañería averiada e via dicendo porque a quien conoce el Todo, no se le escapa nada. Prognosis de un saber robusto. El metafísico y la Metafísica cierran el círculo perfecto del conocimiento y, a semejanza de un Ente dotado de los atributos divinos del Dios Cristiano, ciernen la totalidad de la realidad en una especie de compacta omnisciencia.
Frente a esta jugosa perspectiva de poseer ese augurado conocimiento del Todo, cabría especular con la posibilidad de adiestrar a nuestros políticos en arte tan excelso. ¿Imaginan las ventajas de parecida formación? El político-metafísico, o sea, el político iniciado en el supremo arte y ciencia de la Metafísica, ofrecerá unos servicios incalculables al grueso de la sociedad. Será capaz de deslumbrar al hemiciclo con sus consejos, disposiciones, recursos oratorios y alocuciones cargadas de sopesadas reflexiones fruto de un entrenamiento mental acostumbrado a lidiar con el Todo. Asimismo podrá apelar, si la situación lo requiriese, a los mamotretos de Teología y los Padres de la Iglesia afín de zanjar espinosas cuestiones de moral pública o citar a los teóricos decimonónicos de la Democracia ante la necesidad de buscar y proponer diversas soluciones a los problemas socio-económico perfilados en nuestra más reciente actualidad. Pero no sólo eso. En tiempos de crisis, el político-metafísico dispondrá unas medidas de ahorro excepcionales: en vez de propiciar los recortes de la esfera pública, éste accederá a supervisar las labores de varios ministerios a un mismo tiempo – dada su pericia, competencia y conocimiento del Todo- prescindiendo para ello de los ministros del ramo y evitando, de este modo, un gasto excesivo en estipendios y honorarios. Fundirá, pues, las diversas funciones ministeriales – ya sea economía, educación, defensa y todas las que se le antojen- en un solo ministerio cuya responsabilidad recaerá exclusivamente en su persona. Tal vez así, si conseguimos ahorrarnos el sueldo de unos cuantos ministros excedentes, dispongamos de un campo de maniobras lo suficientemente ancho como para escaquearnos y resguardarnos del impúdico desmantelamiento del Estado del Bienestar planificado al unísono por el F.M.I, el B.C.E. y los países con más peso en la U.E. ¡Nada de privatizar aquí y acullá o asfixiar a la Educación y la Sanidad pública a base de indiscriminados recortes presupuestarios y reducciones de plantilla! Aquí hacen falta muchos más políticos-metafísicos porque, a la postre, todas esas medidas de rehabilitación económica no redundan sino en beneficio de los más ricos y poderosos; degradan el espacio público y por ende acentúan las desigualdades sociales ¡Pan para hoy y hambre para mañana! Tomemos al toro por los cuernos y no nos aprovechemos de la renqueante coyuntura económica para darle el golpe de gracia al Estado del Bienestar.
En estos términos y para combatir la sangría del espacio público, el apósito más adecuado radica en la inmediata implantación de una red de escuelas de Metafísica en donde nuestros políticos adquirirán una formación en ciencia tan provechosa. Nada de escarabajos peloteros, diligentes cumplidores del F.M.I. y el B.C.E; trapaceros, farfulleros o prometedores de naderías. Leires Pajines, Sorayas Santamarías, Pepitos Blancos y cía. Hacen falta auténticos políticos-metafísicos si queremos emanciparnos de la égida de los mercados y sus fuleros especuladores. Sin esta renovada gama de hombres y mujeres, encargados de la función pública del Estado, todo intento de reanimación económica estará abocado a poner en marcha las medidas de constricción pública y ahorro dictaminadas desde los máximos organismos económicos de Europa. Y antes de pasar por el angosto aro neoliberal, aboguemos en favor de una trasformación substancial del político al uso, en político-metafísico.
Gracias a esta modificación cualitativa de nuestros representantes políticos, mataremos dos pájaros de un mismo tiro: en primer lugar acabaremos con las inevitables prebendas y favoritismos de una carrera política forjada stricto sensu en correspondencia recíproca a la exclusiva pertenencia y dedicación al Partido: el Partido te lo da, el Partido te lo quita. El Partido asemeja a una lanzadera de políticos carentes de la adecuada formación que los capacite para ponerse al frente de ministerios, carteras ministeriales o cargos de alta responsabilidad. En segundo lugar, el político-metafísico prescindirá inmediatamente de toda la parafernalia que acompaña a su función: portavoces, chófer personal, cocineros, guardaespaldas y hasta redactores de discursos. A guisa de la educación recibida durante sus años de aprendizaje en las Academias de Metafísica, el político-metafísico podrá desempeñar sin ningún problema tareas tan dispares. Como todo hijo de su madre, no tendrá reparos en embozarse el delantal o ponerse al volante del designado vehículo blindado cada vez que decida acudir a su despacho o el Parlamento. ¿Velar por su propia seguridad? Ya nos encargaremos de dispensarle un curso de defensa personal durante sus años de aprendizaje en las Academias de Metafísica.
Además de esta sustanciosa reducción del presupuesto público invertido en el sustento de las diversas carteras ministeriales y la manutención diaria de nuestros políticos, el nuevo modelo de político-metafísico nos brindará la inestimable oportunidad de finiquitar otros tantos asuntos o dilemas de no poca enjundia cuando adviene una crisis de estas dimensiones. Por ejemplo: desprenderse de los honorarios suplementarios vertidos a los traductores encargados de dar cabal cuenta de cada una de las sesiones políglotas en el Senado. Todo político-metafísico manejará el latín a la perfección y esta lengua se convertirá en el idioma oficial de las reuniones del Senado. Ni castellano, catalán, valenciano, vasco y gallego: latín, como a la vieja usanza. Así aparcaremos la confusión babilónica de tanta lengua romance embarullándose en el Senado. Pero no sólo el Latín y el Griego obligatorios. Al político-metafísico se le exigirá un dominio exquisito de las lenguas oficiales de la Unión Europea: Inglés, Francés, Alemán e Italiano. A lo sumo, lograremos maquillar la bochornosa imagen exhibida por algunos de nuestros duchos representantes políticos, cuando acuden a los encuentros de los máximos mandatarios europeos con el trujamán de turno bien pegadito a sus costados porque su conocimiento de ajenas lenguas se reduce al español asambleario ¡Todo sea por el ahorro y el bienestar general! Si la duquesa de Alba se desprende de sus manoletinas y todavía nos deleita bailándose unas sevillanas el día de su boda, ¡qué no se le podría exigir a un individuo o individua representando a todo un país! Lo dicho: menos tijeretazos y más políticos-metafísicos porque, como bien aducía el mentado catedrático, la Metafísica regina artium es el conocimiento del Todo y con políticos en posesión de tan preciado saber seguro que nunca más oiremos hablar ni de crisis ni de recortes ni de apretones de cinturón.

9 oct. 2011

¿Qué es hoy la política?

Desde que la política ha unido su destino al de los medios de comunicación sociales ha evolucionado en tres vertientes interesantes, pero inquietantes: el espectáculo, la representación y el consumo. La metáfora tradicional de la política como espectáculo es el circo:
¡Pasen, señores, pasen! ¡Pasen y vean! ¡Ante ustedes el mayor espectáculo del mundo! ¡Ante ustedes, damas y caballeros, ante vosotros, niños y niñas que pronto seréis votantes, se presenta el GCN!. Un circo renovado en el que contemplarán aterrados al jefe de la oposición bramando como fiera salvaje, sin domador que lo sujete ni jaula que lo contenga. Algo pavoroso, se lo aseguro, algo nunca visto, algo que les helará la sangre en las venas y sembrará de dudas y miedo sus corazones. Pero, a continuación, en un ejercicio de hipnotismo y retórica, el jefe del gobierno les hará olvidar todo lo que han visto y oído, les transmitirá optimismo y confianza en el futuro porque, señoras y señores, apreciados votantes, él, el gran prestidigitador, les hará comprender que el país va bien. También les hemos traído artistas desde las más remotas tierras autonómicas. Les presentaremos lanzadores de cuchillos, que raras veces fallan; magos e ilusionistas capaces de hacerles ver cosas increíbles como aserrar los cuerpos de sus compañeros por la mitad y luego recomponerlos como si nada, o casi nada; fieras, trapecistas, mentalistas, y un sinnúmero de payasos, que es lo que más abunda en este circo del humor, tal vez un poco negro, pero humor al fin y al cabo. Sonrían señoras y señores, sonrían que no les cuesta nada. Y por último me presento a mí mismo o a mí misma, que tampoco soy manco, ni manca, ni estoy aquí, aunque les cueste creerlo, por ninguna cuota, sino por méritos propios. ¿No me creen? Pasen, pasen y vean.
¿Por qué aceptamos la política espectáculo? Porque somos cotillas, porque nos gusta vivir en la vida de los demás, porque queremos apiadarnos y aterrorizarnos (como en la tragedia), deseamos vengarnos, riéndonos de los malos o de los que envidiamos oscuramente (como en la farsa), deseamos experimentar el deseo de justicia (como en el drama social). Porque nos gusta el teatro. Lo que nos lleva al segundo plano de la política: la representación.
Hace mucho, muchísimo tiempo nuestros políticos querían ser nuestros representantes, pero últimamente se han convencido de que su papel no consiste tanto representarnos como en representar para nosotros. Ahora todo gira en torno a la persuasión, la credibilidad, la puesta en escena, la retórica, en definitiva a los elementos que constituyen el teatro desde tiempo inmemorial, a las técnicas del noble arte dramático. Pero toda representación necesita un público. Un público crédulo que desee ser seducido. Sin estar dispuestos a suspender el juicio, aunque sea temporalmente, para entrar en el juego de la ficción es imposible la representación. Esos somos nosotros: espectadores ilusos y ávidos de ficción. Por eso la verdad, como en el cine o el teatro, no juega ningún papel. Las historias no tienen que ser verdaderas para ser buenas sino verosímiles y sugerentes. La apariencia y una trama bien construida son los ingredientes necesarios para mantener nuestra atención. Pero para que haya tensión dramática –elemento imprescindible en el mantenimiento de la trama- tiene que haber conflicto. De ello se encarga el bipartidismo, el eterno y siempre renovado juego entre gobierno y oposición. Hay más cosas pero este mecanismo es el básico para mantener interesados a los espectadores y para vender periódicos y otros productos que ofrecen los medios de comunicación. Se trata exactamente del mismo mecanismo que mantiene el interés por los equipos de fútbol rivales, con sus colores, su afición, su pasión y todo eso.
Finalmente la confluencia de intereses entre políticos y medios de comunicación convierte la política inevitablemente en un producto de consumo y a nosotros en consumidores. Consumidores más o menos informados, más o menos exigentes, pero consumidores al fin y al cabo. Y como tales también en presuntos implicados o culpables potenciales de lo que no sale bien. De los malos programas de TV no tienen ellos la culpa sino el share, o sea, nosotros; de la degradación del medio ambiente no tiene la culpa la industria sino nosotros que no consumimos responsablemente productos biodegradables, de la tragedia de las carreteras no tienen la culpa la industria automovilística, la falta de transportes públicos, los déficits de las carreteras, la legislación, etc., no, la culpa es de los conductores. Pagamos y consumimos productos inseguros –incluida la política mediática- en condiciones de inseguridad, y con el superávit se financia una publicidad que nos vende más de lo mismo y nos culpa a nosotros de las consecuencias indeseables. En ese sentido la política como producto de consumo es la más sutil y peligrosa de todas. Un instrumento más al servicio del capitalismo incontinente que nos esponja y nos empapa. A su lado, la política como espectáculo y como representación son inocentes juegos de niños.
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