27 may. 2011

Democracia Real Ya: una noche en Bastille

A medida que avanzan las horas, aumenta paulatinamente el número de congregados a los pies de la escalinata lateral de la Opera Bastille. Fijados a los muros, farolas y semáforos, despuntan toda clase de velados mensajes protestando en favor de una inmediata regeneración democrática de nuestras sociedades e invitando a los interesados a tomar parte en la reunión clandestina; eso sí, rogando a los asistentes de no aportar alcohol ni consumir ningún tipo de sustancias prohibidas durante las asambleas. Los allí reunidos, se arremolinan en torno a los portavoces de la Asamblea callejera que, con el megáfono en mano, exponen punto por punto, primero en español y posteriormente en francés, cada uno de los argumentos tocantes a los reclamos, dirección y continuidad de un movimiento que aúna por igual el descontento de una buena parte de la sociedad española, y la suspicacia de algunos santurrones de las alta esferas de la política. Se trata, como no se cansan de repetirnos desde los organismos de Democracia Real Ya, de un movimiento totalmente a-político y a-partidista. Siendo esto así, quizás, la gran vitalidad y lozanía de esta inesperada conflagración popular resida en la construcción de un espacio social encaminado exclusivamente a promover un diálogo democrático carente de cualesquiera connotaciones políticas. Una propuesta desvinculada de todo partidismo político y decidida a entablar un diálogo con una ciudadanía que, por ende, debería recobrar la palabra birlada – como consecuencia de la lenta labor de zapa y debilitamiento de la democracia parlamentaria- en aquellos espacios sociales habilitados para tales efectos.

A través de los debates y las propuestas que prenden a diario en las plazas y rincones más inverosímiles del mundo, la figura del ciudadano renace como tal en aquellos espacios para el diálogo, alejados del bipartidismo facilón y la mal nombrada libertad de decisión-expresión democrática. En España, por ejemplo, una buena parte de la población hastiada y desencantada con el doloso tejemaneje de los dos grandes partidos hegemónicos que acaparan la escena política, no ven, en esta coyuntura, sino un perpetuo toma y daca conducente a la misma, aciaga y dolorosa realidad consumada con la bochornosa sumisión -sin condiciones ni paliativos- de la democracia al credo neoliberal enarbolado por los todopoderosos mecenas de la economía mundial. La falta de recambios democráticos exhibida en la lucha sin cuartel por hacerse con las riendas del gobierno que mantienen los dos grandes partidos españoles, - pasándose la patata caliente de unos a otros, sin abordar los problemas verdaderamente candentes que asaetean a la población- ha llevado a este colectivo a convertirse en la voz y el escaño simbólico desde donde los ciudadanos puedan hacernos llegar su palpable indignación. Ante esta enrevesada coyuntura socio-política los implicados en las recientes movilizaciones sociales se desmarcan visiblemente de todo discurso político dominante y se declaran partidarios de remozar en primer lugar un espacio común especialmente orientado hacia la creación y fomento de un diálogo democrático que implique la participación activa de la ciudadanía en la elaboración de una sociedad y un futuro mejor para todos. Despojados desde hace mucho tiempo del derecho a decidir sobre su propio avenir, – marcado de antemano por los designios inefables del Sacro Santo Mercado- Democracia Real Ya se propone atildar el moribundo modelo democrático, desembozándolo de sus desgastados harapos para volver a engalanarlo con sus auténticas y lustrosas borlas, lentejuelas y oropeles. Por todo ello, el movimiento de renovación democrática ha tomado las plazas como símbolo de sus reivindicaciones. Plazas, donde no cabe olvidar, florecería por primera vez en la historia de la humanidad una concepción de la democracia plasmada en la mente de aquellos ingeniosos atenienses acudiendo diariamente al ágora para tratar los asuntos de la ciudad-estado.

Durante la reunión, uno de los portavoces hace mención a la necesidad de extender el movimiento a otros países europeos y allende las fronteras naturales de la Puerta del Sol. La internacionalización de la protesta conseguiría asentarla, robustecerla y al mismo tiempo revestirla de un sesgo mucho más amplio del que hasta ahora han gozado todos los movimientos de contestación popular reclamando una transformación del modelo socio-económico hegemónico e imperante. La propagación de la protesta a escala mundial – o tan sólo europea- tendería, pues, un puente entre las diferentes nacionalidades que, por encima de cualquier especificidad cultural, comparten un mismo sentimiento de impotencia frente a la imposición unilateral de una austeridad económica requerida, - desde los gobiernos amancebados de sus respectivos países- para la implantación definitiva y la marcha indeleble del despiadado credo neoliberal. Austeridad, esfuerzo, implicación y apretones de cinturón, se han convertido en una abracadabresca y recurrente fórmula mágica en boca de nuestros gobernantes para hacernos salir de la crisis. Todos ellos casualmente empeñados en revertir una crisis provocada por los desmanes de la cohorte financiera a base de recortes y tijeretazos sociales.

Con todo, uno de los principales escollos de cualquier irrupción social reside en la perduración de su actividad. Por ello, se estimaba que las pasadas elecciones municipales y autonómicas del 22 de mayo, - que han teñido España de un gris-azulón- marcarían un punto de inflexión de cara a la continuación de la protesta. De momento, la protesta parece haber encarado favorablemente este primer obstáculo, aunque, eso sí, sin barruntar que la más seria y peligrosa amenaza del movimiento se ubica en la menor o mayor rapidez con la que los implicados se muestren suficientemente capacitados para canalizar este flagrante estallido de indagación popular. Si Democracia Real Ya no se mostrase en condiciones de trasvasar la voluntad de todos los implicados en esta nueva contienda democrática, podría verse desgraciadamente abocada a un progresivo deterioro - como ya sufriría el movimiento ATTAC en Francia- que acabaría relegándola al olvido y la desaparición. De la misma forma que surge un estallido social, está asimismo sometido a las veleidades del Destino. En este sentido, se hace palpable la necesidad de apuntalar los pilares básicos de la protesta social. Y esto pasa ineluctablemente por ofrecer la posibilidad de cristalizar el descontento de todos aquellos que se sientan alentados a continuar adelante con la presente protesta, a través de una plataforma – sea cual sea su carácter jurídico- revestida con las suficientes competencias como para llevar en volandas su reflexión democrática hasta los órganos de las instituciones estatales. Sin la adecuada formalización de las pretensiones democráticas vertidas gracias a la irrupción de la protesta en el anodino panorama social, no sería ni mucho menos improbable pasar de la entusiasmada eclosión inicial a un continuado proceso de desgaste que iría haciendo mella en la inquebrantable voluntad del movimiento, al advertir que las acampadas urbanas, tarde o temprano, se verán obligadas a desalojar las plazas y todo el esfuerzo realizado se esfumará con la primera ráfaga de aire. Una cosa está bien clara: existe un importante sector de la sociedad francamente descontento con este inoperante statut quo que padecemos desde hace muchos años. Una situación reverberada en las innúmeras refriegas y rifirrafes de nuestro políticos titiriteros guiados por esa misma mano invisible referida por Adam Smith que no desemboca en ningún tipo de cambio sustancial o reforma de calado nacional.

Transcurren las horas en las escalinatas de la Opera Bastille y los asamblearios elevan los brazos con la intención de corroborar alguna propuesta lanzada apenas unos minutos o bien, pedir un turno de palabra para expresar sus ideas y opiniones. La discusión reglada, contrasta con el oscilante va-et-vient, el ajetreo y el bullebulle procedente de la turbamulta desperdigada en los aledaños del teatro instalado en un animado quartier parisiense. Ajenos a los sincopados martilleos exhalando de aquellos locales de chisporroteante vanidad, el interlocutor desbroza algunas propuestas publicadas en la página Web de Democracia Real Ya. Los argumentos abarcan toda una serie de medias legislativas entre las que se cuentan: la supresión de la ley Sinde, la aplicación de la tasa Tobin sobre el flujo de capitales internacionales, la modificación de la actual ley de desahucios y la abolición de los privilegios políticos. Además, continúa, se invita a todos los asistentes a comprometerse en una reflexión conjunta de donde surjan nuevas ideas y propuestas dirigidas a remozar el exiguo modelo democrático. Mientras tanto, uno de los presentes reparte algunos panfletos con los puntos tratados hasta el momento por el movimiento de protesta social, al tiempo que muestra una bolsa de plástico repleta con los números de teléfonos de diferente abogados para todos aquellos que decidieran pasar la noche allí mismo y sufrieran algún encontronazo con la fuerzas del orden público.

Desencantados del brumoso panorama socio-político trazado a sangre y fuego durante el aciago decenio del nuevo milenio, estos repentinos soñadores que se dan cita cada día en las plazas de muchas ciudades europeas aún mantienen viva la esperanza de enderezar el rumbo de una democracia periclitada. No saben cuando ni como; tan sólo cuentan con el aliento de millares de voces dispuestas a guerrear por un futuro mejor y no dar su brazo a torcer ante las adversidades que presenta semejante aventura. Sin embargo, la noche no da para más. Antes de la clausura oficial de la asamblea – y tratando de no perder el último metro de la madrugada- una gran parte de los asistentes echa mano de sus efectos personales y se marcha, quizás con la impresión, de que las naos de la historia han vuelto a izar sus velas para arrumbar el pasado y afrontar con más ilusión que nunca su procelosa singladura hacia el incierto futuro.

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