27 abr. 2011

La Rue de la Convention y las trampas de Occidente











La Rue de la Convention es una calle como otra cualquiera. Sita al sur de París, nada tiene que envidiar a las estradas de las más ilustres urbes europeas, Londres, Berlín, Roma o Madrid. Un mosaico de inveterados rompesuelas pateando a diario sus callejas y asfaltos; esquivando sus trampas, salientes, bordillos, recovecos, surcos, vaivenes y peligrosas hondonadas. Una calle, como otra cualquiera; con sus secretos, sus silencios, sus trifulcas, sus riñas, sus jácaras, sus tumultos, sus lóbregos inviernos, sus atardeceres y sus anocheceres. Durante tres días a la semana, la Rue de la Convention se viste de gala y acoge un vivaracho mercadillo ambulante en donde al alborozo y trasiego de vendedores, buhoneros y chamarileros, se une el serpenteante ajetreo de una turbamulta hacinándose frente a los puestos y tenderetes en los que exhiben todo tipo de mercancías que no hacen, sino llamar la atención de los transeúntes y provocar molestas aglomeraciones para enojo de apresurados viandantes sorteando malhumoradamente los escollos humanos que se interponen en su camino. A pesar de estos tres días de agitación mercantil, la Rue de la Convention no se cuenta entre las calles más animadas de París, si bien es cierto que, tras la caída del sol, las terrazas de sus entrañables cafeterías se abarrotan con todo tipo de gentes, edades y colores rematando la jornada en compañía de jugosas conversaciones o de ilustrativas lecturas al amparo de una ronroneante soledad.




Las mañanas de la Rue de la Convention son, por lo general, tranquilas y ordinarias. Los padres, encargados de depositar a sus vástagos en los liceos, colegios e institutos enfilan la calle en ambas direcciones y estacionan desordenadamente sus automóviles frente a los edificios de las respectivas instituciones educativas mientras arengan a sus hijos desde el vehículo en marcha, antes de esfumarse a toda prisa calle abajo o calle arriba. A menudo, el conductor de autobuses, que contiende estoicamente con las vertiginosas maniobras de estos mismos padres lanzados a la aventura del volante, bloquea la circulación, a causa de tanto ir y venir de automovilistas, desencadenando las iras de todos cuanto padecen las molestias de tan inesperado embotellamiento matutino. Entonces, una estridente cacofonía de cláxones y bocinazos llena de confusión la Rue de la Convention durante algunos instantes. Tras estos momentos de suspendida y quebrada desarmonía, todo recobra su flema habitual.




Al mediodía, panaderías y restaurantes toman el relevo de mercados y cafeterías amparando a toda una hambrienta oleada humana que aprovecha las horas de asueto laboral para echarse algo al estómago. A la entrada de las panaderías con más reclamo se apelotonan los clientes formando, en ocasiones, largas y tumultuosas colas de famélicos empleados a la búsqueda de su ración alimenticia diaria. Con el estomago lleno y el buche bien repleto, los empleados retoman sus puestos de trabajo y todo vuelve otra vez a su aparente tranquilidad. Pero tan sólo aparente, porque nunca faltan aquéllos que a rebufo de una pausa, unas merecidas vacaciones o simplemente disfrutando del consabido día de reposo, se aventuran entre la encrucijada de comercios y supermercados que despuntan a lo largo de la calle y confeccionan una atractiva ringlera de escaparates adornados con toda clase de baratijas, vestimentas, oropeles, complementos, bisutería, calzados e via dicendo. Hombres, niños y mujeres dando rienda suelta al voluptuoso y aguijoneador apetito de la liturgia consumista. Desperdigados en todas direcciones, cruzan la calzada en tantas ocasiones como lo requiera el vislumbre de llamativos escaparates y tornasoladas vidrieras en donde se exponen coloridas prendas y toda clase de productos, comestibles o mercachifles. Desde las sedas del lejano Oriente hasta la mostaza de la cercana Dijon, todo encuentra su lugar natural en los comercios de la Rue de la Convention. Al rumoroso bulle-bulle de la Rue de la Convention se une el embrollado brujuleo de unos cuantos cazadores de “gangas” a la búsqueda de su codiciado vellón de oro. Todo esto junto con el acompasado oscilamiento y retintín de sus bolsitas de plástico o cartulina.




Pero, la Rue de la Convention, también guarda sus secretos. Todas las mañanas cuando los padres abandonan a sus hijos a la entrada de liceos, colegios o institutos y las bocas del metro escupen esporádicamente puñados de biencalzados individuos, en cada una de sus esquinas y recovecos, nos topamos con tullidos, indigentes, mendigos o improvisados músicos con sus violines desafinados y sus sombreros roídos. Los embobados viandantes parecen ignorarlo todo y tras echar mano del celular, apartar el rostro o amagar la vista hacia otro punto cardinal, pasan a su lado escuchando el silbo desvalido de estos “invisibles” moradores, que demandan, alargando los brazos y mostrando sus botecitos de plástico, una moneda, un ticket de restaurante o en suma, un simple cigarrillo. En estos tiempos de cinturones apretados, sacrificios y crisis financieras, la caridad se ha vuelto asunto de improbable factura. A veces, estos moradores “invisibles” de la Rue de la Convention se dan cita en los bancos de madera desteñidos que coronan las aceras y alrededor de cantos, chanzas y pláticas descoyuntadas, abordan a los medrosos transeúntes. También menudean los altercados, pero, en general, tras la embriaguez de esta reunión semi-clandestina, “los invisibles” se dispersan, para cobijarse, cuando cae la noche, arropados entre los montones de cartones apilados en el suelo del metro o de alguna entidad bancaria. Con todo, los no-invitados al Gran Banquete, conjugan el ritmo de su vida al ciclo de las estaciones y se dejan ver con mucha más frecuencia una vez llegan los primeros ardores primaverales. En esta época, el orden establecido en el próspero Occidente parece diluirse y entre las junturas de la Gran Fachada del sueño europeo reaparecen las grietas mil veces disimuladas.




Algunas tardes, una treintena de personas, envueltas en plásticos, foulards y una especie de mascarilla sanitaria recubriéndole la mitad del rostro, se arremolinan de esta guisa frente a la puerta trasera de un supermercado Carrefour. Cuando abren las enormes compuertas y los empleados atraviesan el umbral empujando sendos contenedores repletos de los despojos, comestibles y alimentos caducados o simplemente estropeados, el grupo de encapuchados se lanza literalmente de cabeza en los contenedores. Escarban entre mugre, desperdicios y toda clase de alimentos putrefactos. Un hedor insoportable se propaga a lo largo de la Rue de la Convention y los escolares uniformados, acompañados de amigos y familiares a la salida del Liceo, contemplan pensativos la dantesca escena. Seguramente nadie les habrá comentado en la escuela que en el próspero Occidente el hambre sigue haciendo estragos entre sus no tan privilegiados ciudadanos, ahogados por créditos e hipotéticas, y por los cuales, muchos se ven obligados, a buscar el sustento revolviendo los cubos y contenedores de basura. La escena, aunque mucho menos sórdida, también se repite los días de mercado, cuando los tratantes de verdura y vendedores de alimentos se disponen a levantar sus negocios, dejando de lado los productos inservibles. Estos mismos enmascarados, desperdigados a lo largo y ancho de la calle, se adelantan a los servicios de limpieza e inspeccionan minuciosamente los productos depositados sobre el asfalto. Los ciudadanos de a pie, demasiado acostumbrados a las frecuentes batidas de estos otros cazadores, no de “gangas” sino de “alimentos”, los observan impetérritos y sin la más mínima mueca de condolencia en sus rostros.




Sin embargo, la aparición de estos otros moradores de la ciudad, - que, por desgracia, no acudirán al desposorio del principe William- difumina la pulida y aseada imagen del próspero Occidente. Los polos del discurso democrático, del discurso oficial, parecen invertirse en una aviesa pirueta fabuladora de alguna trasnochada imaginación. Entre el vivaracho ajetreo de la Rue de la Convention – una calle como otra cualquiera- saltan a la vista las sombras, claroscuros y secretos velados por la mendaz y zahorí retórica de todo discurso oficial que se propone amoldar la compleja realidad a las supuestas verdades dimanadas de sus consignas o dictados. Todo el aparatoso armatoste ideológico urdido por los gurús del neoliberalismo y sus epígonos, tanto europeos como asiáticos y americanos, se cae por su propio peso cuando contemplamos el mundo sin las anteojeras del discurso oficial o tan sólo atravesamos la Rue de la Convention una mañana de abril.




Quizás el mejor remedio contra la parodia de este mundo oficiosamente desquiciado, no sea, sino tomárselo todo a guasa, porque, como bien sucede cada viernes por la tarde, un desconocido cruza de un extremo al otro la Rue de la Convention y en voz alta va propalando un canoro “uhhhhhhhhh”. Cuando se le pregunta, siempre ofrece la misma repuesta: Bons vacances! Ya sea otoño, invierno, primavera o verano aquél no dudará en desearnos unas estupendas vacaciones, porque en su universo particular todas las mañanas del mundo son el inicio de las deseadas vacaciones que, para los biencalzados moradores de la Rue de la Convention, representan el colofón de un año coronado con este merecido reposo. Y después, todo volverá de nuevo a la normalidad. Occidente dormirá, bien arropado y tributando regocijo, entre pulcras sábanas de franela oriental mientras los íncubos y súcubos de la Rue de la Convention abrazarán, otra vez, sus apelmazados cartones para cobijarse del frío, el calor, la humedad y las incomodidades del duro asfalto en las insalubres galerías del metro o en el interior de una caritativa sucursal bancaria.

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