18 abr. 2011

¿Universidad y milagros?


Meses atrás, exactamente el 14 de febrero, salía a la luz un artículo a cargo del señor rector de la Universidad Carlos III de Madrid, Daniel Peña, publicado en el País e intitulado La calidad de las universidades y los milagros. En el tal, el señor Peña nos advertía sobre las carencias e insuficiencias económicas de las universidades españolas a la hora de proyectarse y competir en pie de igualdad con algunas de las más prestigiosas universidades internacionales. Allende lo estipulado en el artículo, bien es cierto que las universidades sitas en territorio español saldrían muy malparadas del elenco recogido por el prestigioso hebdomadario Times Higher Education sobre las doscientas universidades más destacadas del planeta. Según el informe elaborado el pasado mes de septiembre, - que pondría el grito en el cielo de buena parte de la opinión pública francesa y su Gobierno, al constatar como la primera universidad francesa no aparecía sino en el trigésimo noveno puesto de la clasificación- las dos únicas universidades españolas que integran el conjunto de las doscientas universidades internacionalmente más prestigiosas son la Universidad de Barcelona en el puesto 142 y la universidad Pompeu Fabra en el puesto 155. La reacción acaecida en Francia ante semejante listado universitario, y su casi inadvertida repercusión en España, deja entrever, entre otras cosas, el agravio padecido en una Francia que, aunque comandada por las arremetidas de Nicolas Sarkozy, estima y confiere un enorme valor a la calidad y formación educativa de sus vástagos. Todo lo contrario de España. El desafecto y apatía de nuestros gobernantes más ocupados en sacarse los colores durante las sesiones parlamentarias, contrasta llamativamente con la actitud gabacha.

En cuanto a los resultados destilados de la mentada clasificación, no cabe duda de que la alma mater y la educación española andan sumidas en una severa y astringente depauperación moral e intelectual avalada por las recurrentes e inicuas reformas de la Educación que como reza el proverbio francés, ça plus change, plus c’est la même chose. Reformas inútiles, concebidas para modificar cada dos por tres los planes de estudios y marear así, tanto a la perdiz como a docentes y discentes, sin atajar las raíces del problema. España no necesita más reformas, sino más bien la poda, desinfección y barbecho de todo un sistema educativo incapaz de competir con los otros modelos de sus vecinos europeos. Para certificar esta asunción tan sólo bastaría recabar la imagen refractada por el estudiantado español sobre el resto de países europeos o recorrer las bibliotecas más prestigiosas de Europa para cerciorarse de la cantidad de tomos y volúmenes rubricados por profesores, docentes y catedráticos asentados en universidades españolas. Digo asentados en universidades españolas, porque España no carece de loables ejemplos de estudiosos de calado internacional en sus respectivos dominios – tales como Francisco Márquez Villanueva o Manuel Castells- que, desgraciadamente, se han visto obligados a emigrar a otras latitudes para emprender y desarrollar su labor académica con suficientes garantías y perspectivas de futuro, dado el carácter “endogámico” y “clientelista” de muchas universidades españolas en donde se premia mucho más la fidelidad al canon ideológico de un departamento y el apego a los regidores del saber oficial, que la valía y atrevimiento del docente más preocupado en llevar adelante su trabajo académico que atareado en hacerse un hueco a codazo limpio en el asfixiante mundillo universitario español. Puesto que, como ha señalado Juan Goytisolo en muchas ocasiones a lo largo de su dilatada y esclarecedora carrera intelectual,

…Aquí también el saber desinteresado es empresa quijotesca: el ataque pluma en ristre contra los molinos de viento de una supuesta verdad protegida por la ley del silencio castiga al investigador temerario. Los que doblan prudentemente el espinazo, ascienden difícilmente en el escalafón…el favoritismo y espíritu de clan dominan aún en algunas facultades, como en la época de la dictadura. La transición política que cambió el rumbo de nuestra sociedad no ha sido acompañada, sino en sus aspectos más superficiales y mediáticos

Alejada de la mundanal algarada departamental, la flor y nata de la intelectualidad española se debate entre el frufrú y bullebulle de las tertulias televisivas animadas por el cacareo de tanta lumbrera ibérica y el ninguneo de un gremio departamental travestido en discente de mañana y burócrata de noche, esperando obtener el trofeo, gloria y albricias de su inminente nombradía como “jefe del departamento” vicedecano o decano a tiempo completo. Todo esto, para acabar finalmente optando por la decisión más dolorosa, aunque honrosa y, a la postre, más propicia a sus intereses académicos: la emigración forzada.

La corrección del anquilosado entramado educativo español junto con los problemas concomitantes de las instituciones universitarias, pasaría ante todo por una reforma global, encaminada a remodelar los valores de una sociedad demasiado impregnada del tumefacto y constreñido ambiente que rezuman las instituciones del país. La reforma es del todo necesaria, porque la fortaleza y vitalidad de un país no puede ni podrá nunca mesurarse a través de los mendaces índices del P.I.B. que no traducen más que un bonito baile de cifras sin ofrecernos una imagen real de la situación social. La educación de calidad es un deber, así como una necesidad irrefragable de todo estado en su búsqueda y vertebración de un modelo social dónde se aúnen la riqueza y el bienestar. Todo tejido social se refuerza, en gran medida, gracias a una formación educativa con la que se insemina al ciudadano de todas las dotes y cualidades necesarias para afrontar con garantías los escollos del mundo moderno, al tiempo que fomenta y asegura el futuro de la sociedad. Como ya escribiese Angel Ganivet, salvadas todas las distancias, en su Idearium español,

…Las universidades, como el Estado, como los Municipios, son organismos vacíos; no son malos en sí, ni hay que cambiarlos; no hay que romper la máquina: lo que hay que hacer es echarle ideas para que no ande en seco. Para romper algo, rompamos el universal artificio en que vivimos, esperándolo todo de fuera y dando a la actividad una forma exterior también; y luego transformaremos la charlatanería en pensamientos sanos y útiles, y el combate externo que destruye en combate interno que crea. Así es, como se trabaja para fortalecer los poderes públicos, y así como se reforman las instituciones…


La mejor inversión de futuro reside, pues, en el binomio modelado entre educación y bienestar, por mucho que los nuevos gurús del neoliberalismo se empeñen en ocultar, negar y revocar a medida que su dudosa noción de la libertad individual se impone a golpe de crisis y recortes sociales.

Volvamos la cabeza hacia el sistema socialdemócrata adoptado en los países nórdicos que durante muchos años, y a diferencia de la gran mayoría de países occidentales, centraron su modelo de desarrollo en la promoción y mejora de una educación de calidad. A día de hoy esta franja de países nórdicos gozan de un enorme prestigio internacional y sus universidades, pioneras en muchas ramas del saber, ocupan siempre un lugar de excelencia en cualquier clasificación sobre la calidad de la enseñanza universitaria – sin traer a colación su elevado nivel de vida muy por encima de la media española ¿A qué se debe todo esto? Sin entrar en farragosos pormenores, estimemos que todos estos países apostaron por el fomento y calidad de un modelo educativo del cual ahora recogen sus preciados frutos. En efecto, la apuesta por la educación es una apuesta a largo plazo dónde no tienen cabida los criterios de la racionalidad económica y utilitarista empeñados en obtener resultados inmediatos. Por dicha razón, el bienestar se asienta sobre una lógica a largo plazo y alejada de toda racionalidad mercantilista, utilitarista y pragmática. Una lógica del bienestar encarnada con la finalidad de llevar acabo una decidida apuesta por el futuro de una sociedad a través de una esforzada inversión en la educación de calidad. Teniendo, pues, esto muy en cuenta, no cabe sino declarar que sin este andamiaje, sin este prurito educativo absolutamente necesario para conformar el armazón cultural de toda sociedad humana y dar pie a una producción del saber que repercuta a favor de todos, una comunidad carecerá del fundamento o pilar básico que ni con todo el dinero de las Indias podrá adquirir.

Así, el señor Peña, justifica la pésima situación de las universidades españolas esgrimiendo como principal argumento, los menguados presupuestos con los que cuenta la alma mater en comparación con otras universidades del ámbito internacional. Pero los problemas de la universidad española no se esfumarán de un plumazo a sazón de un aumento o incremento de sus presupuestos, porque los graves problemas que la afectan se entroncan dentro del no menos desastroso marco de la educación española plasmada en los abrumadores resultados de los últimos informes PISA.

El milagro sería entonces todo lo contrario: que las carencias del sistema educativo español acumuladas durante tantos años de indigencia intelectual desapareciesen definitivamente con un simple incremento de los presupuestos manejados por las universidades, porque según estima el señor Peña con los actuales “es como aspirar a que con mejores camisetas un equipo de fútbol con ingresos de Tercera División gane la Champions, y no un año, sino habitualmente” Si la mediocridad, doblez y atonía intelectual del mundillo intelectual español pudiesen parangonarse con las camisetas o magliette de una escuadra de balompié, no habría por qué alarmarse habida cuenta que una buena campaña podría acarrear la ascensión del equipo a una división superior y salvar de este modo la temporada más allá de la supuesta calidad de la indumentaria. Pero en nuestro caso ocurre todo lo contrario. Las buenas temporadas o los golpes de la fortuna no son factores a tener en cuenta cuando abordamos el ente universitario. Si dada la situación actual, cada departamento y facultad cuenta con sus publicaciones y proyectos de investigación de poca o ninguna trascendencia, subvencionados en parte por el erario público, dudo mucho que aumentado el presupuesto de las universidades se consiga hacerlas despegar hasta que, al menos, una de ellas, descolle entre las cincuenta primeras universidades del orbe. Falta lo más importante: el material humano y mucho me temo que el aumento presupuestario traería aparejado un efecto del todo contrario al esperado. El anhelado incremento no haría sino multiplicar por dos, la casi nula labor docente y erudita de la alma mater porque en lugar de Fulanito y Mengantio formando parte del personal o el Consejo de Investigación de un departamento, tendremos también que contar con Zutanito – conocido de antemano por Fulanito y Menganito- pues, el aumento presupuestario nos permitiría recabarlo e incorporarlo a nuestro equipo. Visto lo visto, más valdría entonces incentivar la influencia internacional de la universidad española extirpando el cogollo del problema, sin andarse por las ramas achacando el atraso español, en materias de índole intelectual, a una simple y llana cuestión de economía doméstica. No todos los problemas se reducen a lo económico y en este caso concreto me da en la nariz que se necesitará algo más que la modificación al alza de las partidas presupuestarias destinadas a las universidades españolas para erradicar el problema, porque, como alguien dijo alguna vez, para pasar de la “cantidad” a la “cualidad”, no basta con un incremento de la cantidad: hace falta algo más y ese “algo más” pasa por una transformación substancial del sistema educativo español.

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