26 nov. 2010

Del camaleonismo o la “doble moral” en el mundo multimediático

Uno no dejará nunca de asombrarse ante las carnavalescas andanzas protagonizadas por los ilustres figurones telegénicos que en esta España de charanga y pandereta, acaparan a diario la atención desde las doradas tribunas de los más excelsos medios de comunicación. De ahí, el revuelo organizado tras los intempestivos comentarios del libidinoso Salvador Sostres, fuera de tono y antena, filtrados a la prensa por algún concienciado bienhechor de la humanidad que debería, cuanto menos, ser recompensado con una medalla al mérito y reconocido con los consiguientes lauros y honores de estado en justa medida a su desquitada labor de saneamiento mediático en pro de la Verdad agazapada tras los mil rostros de nuestros más avezados opinólogos ibéricos. Y es que en España se ha propagado una antiquísima moda, - inaugurada por el primer showman de la historia, el filósofo griego Empédocles, empeñado en deslumbrar a los siracusanos con sus llamativas chinelas argénteas- consistente en adoptar el “camaleonismo” como si de una de las Bellas Artes se tratase, en palabras de Juan Goytisolo. Y éste no se equivoca un ápice. Una vez saltase la liebre en los medios de comunicación, no faltarían quienes movidos por un intenso prurito paternalista jugasen al despiste, en su anhelo por salir al paso, considerando los comentarios como inofensivas “declaraciones realizadas en el ámbito privado”, - según apostillase frívolamente la entumecida Esperanza Aguirre- para de esta forma acabar lidiando el morlaco de la polémica suscitada por los picantes comentarios añadiendo: “esto de inmiscuirse en las conversaciones privadas de los demás será propio de otro Gobierno, no del mío” y dando así la estocada definitiva a todos aquellos que hubiesen siquiera creído alguna vez en la posible catadura moral de la camada política.
Bien entendido, doña Esperanza Aguirre antepone los elevados principios y valores democráticos a las irreverentes acometidas de la indignada opinión popular enervada, en parte, por una serie de comentarios obscenos realizados en el ámbito de una conversación privada. Sin embargo aquélla pasa sigilosamente de puntillas sobre la principal cuestión que sugiere este deplorable comportamiento ¿hasta que punto lo privado diverge de lo público? Un individuo sentenciando animadamente entre las risas de los contertulios y la indignación amagada de la presentadora sus fantasías sexuales con “las chicas jóvenes de diecisiete, dieciocho, diecinueve años que es ahí donde está la tensión de la carne, en ese punto mágico…de esas niñas que aún no huelen a ácido úrico, que están limpias, que tienen ese olor a santidad, que parecen lionesas de crema, limpias, odorantes, dulces…de primer rasurado, que aún no pican” para continuar la monserga despachándose a gusto con otros tantos comentarios xenófobos, nos estaría dando a entender que, en efecto, suscribe y comparte semejantes ideas, a expensas, eso sí, de las remozadas opiniones esgrimidas en sus apariciones ante el ente público – ya sea a través de periódicos, blogs o tertulias televisas. Un sintomático desdoblamiento multimediático con ribetes de esquizofrenia en gran parte detentado por estos figurones telegénicos que mientras se llenan la boca con palabras tan pomposas como libertad, progreso, cultura, derechos humanos o democracia, de cara al lucimiento y aplauso público, trocarán de inmediato el discursillo una vez se apaguen los focos del plató y el ajetreo de las cámaras para tocar temas mucho más amenos, profundos y entretenidos como puede ser el obsequioso deleite producido por el balbuceo timorato de una adolescente exhibiendo “ese entusiasmo, que te quieren enseñar que están liberadas realmente, que ya son mayores…” y que sin mayores floripondios equipararemos a la opiniones de un seminarista frustrado o un desequilibrado mental con un agudo complejo de nínfula que acabará poniéndole el broche final a su memorable apología de la pederastia con soeces comentarios sobre el matrimonio, “el matrimonio es el sexo por obligación, el sexo a la fuerza: ahora se folla” como suscriben las sagradas leyes de la naturaleza que aquél se encargaría de exponer punto por punto a su esposa mucho antes de llevarla hasta el altar.
En tanto que la presidenta de la Comunidad de Madrid se lava indecentemente las manos, no cabría sino preguntarse a modo de disquisición personal, ¿qué hubiera ocurrido si la hija de un conocido o conocida, un miembro de su propia familia o alguien cercano a ella, fuese víctima de los deseos sublimados de un Salvador Sostres? ¿Pasaría por alto semejantes insinuaciones? Con toda seguridad – y dado el caso imaginario- doña Esperanza Aguirre hubiese procedido con mucho más tiento, sin apresurarse en sus apreciaciones, y de una manera harto diferente habida cuenta, que en este caso, el asunto le tocaría de cerca. Y si por el contrario, durante el interregno de la publicidad el mentado Salvador Sostres comenzase a jactarse de sus habilidades para esquivar las tributaciones anuales a la Hacienda Pública y de sus turbios negocios vinculados a una red de proxenetismo infantil. En este caso la señora Aguirre, ¿finiquitaría el asunto asumiendo por encima de toda la inequívoca separación entre “lo público” y “lo privado”? ¿Aplicaría sin dudarlo un instante el mismo rasero en uno y otro caso? Parece que otra vez la respuesta sería un “no” rotundo porque el manido rasero de la doña Esperanza Aguirre adolece de una peculiar singularidad que lo distingue y aleja de toda noción de equidad o justicia: el rasero se aplicará “según para qué o para quién”, teniendo en cuenta las “circunstancias atenuantes”, sopesando de antemano los pros y los contras…etcétera. Una atípica forma de proceder en función de los intereses creados ante un hecho tan abominable como las sandias baladronadas de un individuo recibiendo un estipendio mensual recaudado del erario público y en sintonía con la marcada picaresca de tantos y tan curtidos camastrones ocupando un puesto en los cargos de la administración, el mundillo del espectáculo, la cultura y la política. La gravedad de los comentarios propalados por Salvador Sostres se engastan en una realidad mucho más amplia, dolorosa y difundida en nuestros días como es la “doble moral” del discurso público, la hipocresía decantada en el seno de la propia clase política, el don de la bufonería, el camaleonismo, la retórica huera y la doblez trepadora que recubre, como la hidra, las fachadas desconchadas de las instituciones democráticas. Una colorida mascarada acentuada por el avance apisonador del mundo multimediático, el culto fugaz al opinólogo de turno, el servilismo sacramental y las abundantes tragaderas.
Una fantasmal tragicomedia shakesperiana representada en todos los estratos de la populación: desde el ombliguismo provinciano del alcalde culiprieto conchabado con el empresario de turno, hasta la atildada diputambre y sus vocingleros mediáticos vendiéndonos las patrañas de la modernidad, el progreso y la cascada democracia mientras con la mano en el bolsillo del pantalón se manosean suavemente el miembro hirsuto cuando su mirada descubre a una quinceañera recién salida de la ducha cruzando la calle. Una actitud asimismo asumida por la presidenta de la Comunidad de Madrid en razón de su evidente “pasotismo moral” que no hacen sino alienarla al lado del más acendrado casticismo ibérico, del genuino espíritu hidalgüelo, del atavismo carpetovetónico, de la machada varonil ante las ufanas condescendencias del risueño parroquiano, del eructo cervecero, de la palmadita en la espalda y la zancadilla rastrera, de la sonrisa postiza, del almodovarismo desquiciado, del celo, del atraso, la fanfarria, el arribismo, el siseo descarado y el despelote de una generación que cambió en un abrir y cerrar de ojos el lustroso crucijifo, por una exacerbada promiscuidad sexual al grito entusiasta de la libertad, olvidándose en su camino hacia el Olimpo occidental de adoptar paulatinamente aquella sobada modernidad soplando allende los pirineos, tratando al mismo tiempo de limar las rebabas de una estructura social batida durante cuarenta años de régimen franquista. Ahora es cuando nos toca vivir las consecuencia de una transición apresurada aguantando a todos aquellos santurrones aplicados en carne y alma a la eterna preservación del régimen que conseguirían remozarse y travestirse por algún inefable designio divino, en egregios librepensadores, adulando por doquier el nuevo reino de la modernidad. Con todos los problemas propios de la sociedad española, actitudes como las de Esperanza Aguirre alegando una interesada imparcialidad en la apreciación moral de una vergonzosa conversación mantenida en el plató de Telemadrid no contribuyen sino a desprestigiar, aún más si cabe, a una burlona clase política valedora de una pseudo-democracia moribunda.

4 comentarios:

Anónimo dijo...

¡Muy bueno!

Anónimo dijo...

Si muy bueno a mi una frase que me ha hecho reir muchísmo "desde el ombliguismo provinciano del alcalde culiprieto conchabado con el empresario de turno, hasta la atildada diputambre y sus vocingleros mediáticos vendiéndonos las patrañas de la modernidad, el progreso y la cascada democracia mientras con la mano en el bolsillo del pantalón se manosean suavemente el miembro hirsuto cuando su mirada descubre a una quinceañera recién salida de la ducha atravesando la calle". Esta frase se sale! Saludos.

Anónimo dijo...

dice cruzando, no atravesando...

demetrio dijo...

una adjetivación muy lograda, rozando lo sublime.

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