13 sept 2010

Bernard Tapie y otros tantos “figurones”
Se acerca irremisiblemente la fecha concertada para las próximas elecciones generales en Francia cuando el líder del P.R.G (Partido Radical de la Izquierda), Jean-Michel Baylet anuncia sin contemplaciones - a modo de perentoria advertencia-, que si no llegase a materializarse un acuerdo propicio con el Partido Socialista para presentar un candidato en común a la primera vuelta de las presidenciales, entonces su partido se verá obligado a nominar un candidato determinado para luchar por la presidencia de la República sin contar con el visto bueno de los socialistas. El ultimátum independentista del P.R.G no debería quitarnos el sueño si el elegido para acceder al Eliseo no fuese otro que el afamado Bernard Tapie. Un nombre – el suyo- salpicado por una copiosa caterva de escándalos relacionados con la corrupción, malversación, evasión fiscal, prevaricación y un largo etcétera incrementándose con el paso de los años. En efecto, su larga serie de devaneos con la justicia comenzaría allá por los años ochenta cuando aún titubeaba con dar el salto definitivo a la palestra política desde su dorado palco televisivo. Tapie, daría el pistoletazo de salida en su agitada agenda pública haciendo las delicias de los telespectadores y telespectadoras franceses – al poner en evidencia sus seductores dotes y buenas maneras en la complicada hacienda de las relaciones humanas- presentando la tertulia televisiva Ambitions, que alcanzaría elevadísimas cotas de audiencia, azuzando, de este modo, su rampante popularidad. Sin embargo, su infatigable afán no encontraría nunca la satisfacción personal suficiente, ni la felicidad deseada en el mundo del espectáculo, habida cuenta que años más tarde dejaría tanto los escenarios como el plató televisivo para erigirse en estimado bienhechor de la humanidad ocupado – como tantos otros- en quehaceres más “delicados”: la construcción y el fútbol - llegando incluso a la presidencia de una reconocida escuadra de balompié francesa cómo el Olympique de Marseille en el año 1986- para dar el golpe de gracia definitivo a su dilatada y zigzagueante carrera profesional con el sorprendente anuncio de su más que sopesada candidatura a la presidencia de la República Francesa en el año 2012.

No es una coincidencia si el prototipo figurado de un Bernard Tapie se repite – cómo una pesada indigestión- en todos aquellos países dónde la realidad se recubre con la retórica democrática-liberal y la confabulación de un gobierno aliado con las sugerentes zalamerías del credo neoliberal. Cabría, pues, a modo de reflexión personal, interrogarse sobre la constante aparición, goteo y recurrencia de semejantes arquetipos sociales horneados en las incandescentes fraguas soterradas de nuestra sociedad del ocio y el espectáculo. Sin ir mas lejos, quién no recuerda todavía los reputados excesos del finado ex alcalde de Marbella don Jesús Gil y Gil, sus memorables baladronadas públicas, su incondicional apego por el Atlético de Madrid y su apasionado amor por el inigualable equino celestial Imperioso, parangonable a cualesquiera Bucéfalos y otros tantos Rocinantes campando a sus anchas por el universo-mundo. Aquella tempestuosa historia del feudo marbellí no acabaría bruscamente con la triste desaparición de nuestro entrañable alcalde porque algún tiempo después, el relevo vendría rápidamente dado por parte del despechado Julián Muñoz - sus intrigas amatorias con la inmarcesible musa de Andalucía, la palaciega Tonadillera, la fruta de los placeres prohibidos, la inigualable, imprevisible e irrepetible Isabel Pantoja- y sus constantes escarceos con la Justicia que le llevarían a pasar una temporada en la prisión malagueña de Alhaurín de la Torre. El caso es que personajes de este calibre y relumbrón se alzan hirsutos sobre los pedestales aderezados en el seno de la dislocada sociedad democrática para enfundarse los galones travestidos de un concejo municipal o alcaldía provincial sin, ni tan siquiera, someterse a un férreo control por parte de la encalabrinada opinión pública ni aprestarse a la exigencia primordial de exhibir los méritos que los hacen valedores del puesto ocupado en detrimento de otros individuos mucho mejor cualificados. Así, podríamos elencar ad infinitum un frondoso panorama político-social pululado por deslumbrantes “figurones” que han logrado asentar sus enormes posaderas en las poltronas de alguna institución democrática sin más esfuerzo tangible que el mero reconocimiento popular atizado por los medios de comunicación y las redes de clientelismo personal. Desde el rijoso Berlusconi y sus acaramelados arrumacos con jovencitas semidesnudas en su palazzo de verano hasta el fornido gobernador de California, Schwarzenegger enaltecido por aquel imborrable “Sayonara, baby”, que escribiría uno de los capítulos más brillantes en la historia del cine, la trágica historia de estos "figurones" se repite sin cesar a la manera de un eterno retorno apalabrado en una oficina de marketing. Con todo, no le busquemos los tres pies al gato tratando de amalgamar la palpable complejidad de este fenómeno social con el acostumbrado rosario de quejas y malfarios propios de un acusado pesimismo ¿Cómo olvidar los buenos momentos que nos haría pasar don Jesús Gil y Gil? Sus gestos, palabras, desparpajo, frivolidad y bonachona sinceridad exprimida mientras relataba las veleidades de su intangible biografía tomando un baño de sales en un burbujeante yakuzi con el pecho al descubierto y paladeando una espumeante botella de champaña francés ¿Quién no recordará los tiernos achuchones de Julián Muñoz a su bienamada Isabel Pantoja durante la Romería o la Feria de Sevilla? Los suspiros entrecortados de aquel desdichado Julián Muñoz desde la cárcel de Alhaurín mientras glorificaba el amor volatilizado e huidizo de la Tonadillera, a semejanza de un abatido José Ortega Cano tañendo desconsoladamente las fúnebres campanas de su caserío en honor a la desaparecida Rocío Jurado o un penitente San Juan de la Cruz condolido ante la pérdida irremediable del Amado,

¿Adónde te escondiste,
Amado, y me dejaste con gemido?

encarnado en la piel de nuestro ex alcalde, vagabundeando de plató en plató mientras vendía su desdichado amor al son de un puñado de euros,

¡ Ay, quién podrá sanarme!
Acaba de entregarte ya de vero

y sanaba los estigmas provocados por el fogoso reclamo de una pasión cegadora.

Lejos, por tanto, de aquella utopía platónica dónde el mando supremo de los asuntos públicos, la gerencia del ejército y el estado recaería directamente en manos del rey-filósofo, esto es, un determinado individuo ahormado a tenor de una estricta y elevada educación en todos los ámbitos de la vida, que le proporcionase la experiencia y sabiduría necesarias para comandar la “polis” atendiendo siempre al bien supremo de la comunidad, en la actualidad, los encargados de velar por el bien general de nuestras sociedades arriban, sin más preámbulos, al poder por vías del todo diversas, pero no por ellos divergentes en cualidad o calaña: la “vía cerrada” del partido o la “vía abierta” de la propaganda mediática. Ateniéndonos, pues, a esta última estrada denominada “vía abierta”, se advertirá que las efímeras y crecientes dosis de popularidad otorgadas verbigracia a los favores proporcionados por la Gran Pantalla alcanzan, en ocasiones, tales cotas de glamour que permitirían al agraciado extender sus redes de clientelismo para inmiscuirse en los cuidados engranajes del poder y, a la postre, catapultarse hacia el rollizo ámbito de la política. La tupida maraña de lianas invisibles tendida entre el campo multimediático y el bando tribal de la política se aclara netamente cuando abordamos, entre muchos otros, el caso extremo de Italia dónde el señor Silvio Berlusconi posee todos y cada uno de las casas editoras de calado nacional y empresas de comunicaciones punteras, cerrando así el círculo perfecto de un poder cuasi divino. Pero no volvamos a caer en un exacerbado tremendismo ni nos dejemos llevar por el abatimiento, porque asimismo podríamos acoger las intentonas de algunos mandamases – y mandamasas- por recabar una imagen popularmente aceptable y maleada a través de los medios de comunicación con la benevolencia del adulto que contempla los juegos indolentes de un grupito de infantes reunidos en el arenal de un parque. Así, qué pensar de la portavoz del P.P, Soraya Sáez de Santamaría cuando apareciese posando para el dominical del mundo en un atrevido escorzo o las bobaditas de la primera Dama del Eliseo, Carla Bruni, cuando meses atrás, en una muestra de arte, estampase su cuidada vagina – sin remilgos ni retoques- en un gigantesca fotografía aducida cómo un símbolo esclarecedor a favor de la libertad sexual. Dada la pasta de la Bruni – y el mal gusto del organizador- el arsenal de recursos artísticos desplegado por esta última es inagotable. Ahora que al chocho de Woody Allen le ha dado por el vino francés y sus primeras damas, se apuntala, de este modo, la leyenda negra de la Bruni que, por las noches, desvelará al señor Sarkozy los arcanos y parabienes del séptimo arte o lo deleitará cantándole una dulce nana antes de ir a dormir. Quien sabe sin la historia no acabará aquí y una vez Bernard Tapie alcance el Eliseo nos sorprenderá asimismo con una primera dama sacada de un cochambroso cabaret de Montparnasse o de un estrambótico circo ambulante procedente del rincón más alejado del universo-mundo dónde Pantojas, Brunis y Jurados fueran a la zaga, no siendo más que insignificantes naderías, al lado de aquellas corajudas contorsionistas, enanas saltarinas, domadoras de fieras, encantadoras de serpientes y lanzadoras de cuchillos capaces de poner en pie al respetable para deleite de los presentes y asombro de los aún por venir.


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