29 abr. 2009

BASTA YA!


Hoy, como cada día, compré el diario 'Público'. Muchas veces me cabreo con este periódico (últimamente me cabreo demasiado con todo) pero sigo comprándolo por tres razones: la 'Carta con Respuesta' de Rafael Reig y las columnas de Isaac Rosa y Javier Ortiz. No sabía lo que había sucedido, cuando al buscar la de este último, descubrí que ese espacio de libertad ya nunca más sería publicado, me encontré con que el destino había decidido que hoy fuese el día en que se publicara la necrológica que el mismo se había escrito (http://www.publico.es/222017/javier/ortiz/periodista).

Ahora, descansando plácidamente, a este donostiarra le dará exactamente igual todo, pero aunque no le importe yo le reprocho su gesto. Son pocos los que escriben con tanta lucidez, son pocos los que no se fijan en si molestan a los que se supone que tienen que molestar o a los otros. Pocos han sido tan duros con los que más lo han merecido. Muy pocos los que siguen en pie, dando la batalla diariamente. Con el prestigio suficiente para ser escuchados y con legitimidad para influir en las conciencias más libres y libertarias de este país.

Sólo tenías 61 años, ¿por qué no aguantaste algo más?. Algunos apenas hemos podido disfrutar de ti. Muchos, acabábamos de incorporarte a nuestra rutina diaria, a nuestra vitrina de referencias. Ahora serás estatua, serás recuerdo y ejemplo. Tendremos que tratar de ser nosotros los que digamos las cosas, buscando ser tan valientes, tan claros y tan lúcidos como tu lo fuiste. Buscaremos en internet tus más brillantes aportaciones, trataremos de encontrar algún libro tuyo, visitaremos tú blog y cuando compremos Público recordaremos que junto a las cartas de los lectores, se situaba tu columna. Igual que, cuando abrimos 'El País', algunos aún recordamos que en la sección de comunicación, al final del periódico, Haro Tecglen tenía otra columna de referencia. Pero él tenía justificación, ya tenía una edad que da derecho a desistir.

Tú, en cambio, has tomado las de Montalbán. No en vano hace un par de días le citaste, ahora sé que ya estabas enfermo, muy enfermo. Hablando de la indecente espantada de Rosa Aguilar citaste al maestro cuando dijo "Te acuestas siendo un triste socialdemócrata y, por la mañana, cuando te levantas, resulta que te has convertido en un peligroso izquierdista. Como el tiempo trascurrido te ha pillado en la cama y durmiendo, deduces que la metamorfosis no puede ser cosa tuya, sino de los demás".
Ambos adelantasteis vuestro fin. Con ambos daba gusto estar de acuerdo, ambos nos reafirmabais en nuestras ideas. Que placer ser de izquierdas, filocomunistas, protestones, insatisfechos, melancólicos (tu, Ortiz, no tanto) cuando nos podíamos afirmar cada lunes con Montalbán y hasta hoy, diariamente contigo. Ahora quedan otros pero cada vez menos.

Pese al cabreo sólo puedo darte las gracias por todo, don Javier, descanse en paz.

Membri, lee a esta gente, y siéntete orgulloso de ser legítimo heredero, tocahuevos incansable, peleón y seguidor de causas perdidas.

Para despedir a este gran periodista, un poco de su medicina:

Sueño con Jamaica

Sueño con Jamaica. Estoy sentado detrás de una mesa negra, rodeado de papeles, delante de una pared de la que cuelgan fotografías de desolación y soledad, entre proyectos de artículos y pilas de opinión que me reclaman. Y estoy volando hacia Jamaica.

La pantalla de fósforo verde me mira adusta. Me está pidiendo impaciente su ración cotidiana de formatos y de claves. Pero hoy –¿qué me pasa?– sólo veo en ella reflejos de espuma blanca sobre un mar de azul intenso. Un mar bajo el sol: bajo ese fiero sol de pasión que ilumina eternamente el puerto de Kingston, en Jamaica.

Sueño con Jamaica. Jamaica es una isla (no sé por qué os lo cuento, si ya lo sabéis); Jamaica es una isla primitiva, anárquica y bellísima, con casas de hojalata que desembocan en largas playas de arena fina y blanca. En Jamaica todo está por hacer, y uno puede vivir con la esperanza en la punta de los dedos, pensando que todo es aún posible y que el futuro existe. Y las gentes son sencillas, y sus sentimientos, espontáneos y directos, y hasta los asesinos son capaces de explicar lo que hacen sin recurrir a teorías sociológicas o sesudos estudios de mercado: matan –ya veis, qué cosas–, y matan porque odian y porque aman, y esos es todo, y nadie le da más vueltas.

En Jamaica, el tiempo no cuenta apenas nada. La gente es tranquila e impuntual, y muy pocos son los que admiten que les impongan una cita: ellos quedan y, al final, aparecen, pero no miran el reloj ni se preocupan por horarios.

Sueño con Jamaica, y en la Jamaica en la que yo sueño nadie se levanta la voz, y el ruido es sólo algarabía callejera, y los policías no dan miedo, aunque asusten un poco con los ruidosos piropos que lanzan a las muchachas que circulan en bicicleta y a las que el aire levanta sus faldas de mil colores.

Tal vez esa Jamaica en la que estoy soñando no exista. Tal vez esto que os estoy contando sea sólo el fruto de películas y carteles de turismo asomados a los escaparates de las agencias de viaje.

Nunca he estado en Jamaica, y es probable que nunca la vea. Me da igual. Mejor que sea así.

Mi Jamaica, esta Jamaica en la que hoy sueño, me vale porque es quimera, porque ocupa el espacio del no-aquí, porque me ayuda a imaginar que podríamos ser otros.

Y sueño, y me voy a Jamaica para mejor sentir mi distancia ante lo que veo: calles grises, gente triste. Y sueño con Jamaica para reclamar de mi más alegría, para pensar que todos podemos romper con todo, que somos capaces de no acudir puntuales a las citas, de reírnos de los estudios sociológicos que explican la muerte, de creer que el porvenir que nos espera no está condenado a ser de por vida un tiempo para el llanto.

Jamaica o muerte. Venceremos.

Javier Ortiz
(Publicado en El Mundo el 14 de abril de 1995)

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