16 ago. 2011

La batalla de Valcárcel



Cuando el motor arrancó, la veraneante pensó que se habría quedado en casa leyendo muy a gusto. A aquellas alturas del mes de agosto, ella no pretendía ser nada más que eso, una veraneante, y para movilizaciones, acampadas, ocupaciones y demás géneros del ramo, la Puerta del Sol está a un cuarto de hora andando de la casa donde vive la mayor parte del año. Por eso intentó hacerse la remolona, pero los amigos que la habían invitado estaban tan ilusionados, y eran tan jóvenes, que al final acabó montándose en su coche con viento del Sureste y sin ninguna fe. Fue eso lo que ganó en aquel viaje, fe, y no un poco, no cierta, no alguna. A medianoche, cuando volvió a casa, a Rota, estaba borracha, repleta, felizmente intoxicada de fe. Porque había visto una de esas batallas que son en sí mismas, por el mero hecho de librarse, una victoria.
El colegio Valcárcel, monumento cumbre del neoclasicismo gaditano, fue erigido en 1760 como sede de la Academia de Bellas Artes. El palacio, demasiado grande para ese uso, fue pronto convertido en hospicio, nombre que se daba en el siglo XVIII a los manicomios, y conservó esa función hasta 1961, cuando recibió su actual nombre en honor del gobernador Rodríguez de Valcárcel para convertirse en centro educativo, primero un colegio, después, un instituto, cerrado definitivamente en 2003. Entonces, la Diputación lo vendió a un grupo empresarial que renunció más tarde al proyecto de restaurarlo para convertirlo en un hotel de lujo.
Hasta aquí, la descripción que puede leerse en cualquier guía turística. El grado de deterioro del monumento, muy superior al razonable en tan sólo ocho años de cierre, no se explica en ningún sitio, pero, si nadie hubiera hecho nada para remediarlo, podría haber acabado con un derrumbe en no demasiado tiempo. Eso ya no ocurrirá, porque el 18 de junio de 2011, un grupo autónomo vinculado al 15-M ocupó el edificio para recuperarlo como centro cultural del barrio de la Viña.
Y ya no fue sentarse en el suelo, mover las manos en el aire, hablar por un megáfono. La Asamblea de Valcárcel, admirablemente organizada, abordó en primer lugar la restauración del monumento. Un arquitecto voluntario lo recorrió de arriba abajo para determinar qué zonas eran utilizables y cuáles deberían precintarse por motivos de seguridad. En sólo dos meses, los activistas limpiaron, acondicionaron y desinfectaron un ala de la planta baja. Allí funcionan desde entonces una biblioteca y una ludoteca que están a disposición de los vecinos, además de una docena de aulas. Entre los activistas abundan los profesores de primaria y secundaria, que dedican varias horas a la semana a dar clases gratuitas de recuperación a los alumnos del barrio que han suspendido en junio. Pero como las buenas ideas se contagian, poco a poco se han ido acercando hasta allí otros voluntarios dispuestos a enseñar lo que saben. En el patio, una enorme pizarra expone la oferta educativa del centro, talleres que van desde la serigrafía hasta la danza, pasando por la radio, junto a las conferencias, conciertos y espectáculos, igualmente gratuitos, que tendrán lugar este verano en el espléndido patio central. En la azotea, los recuperadores han levantado un palomar que alberga a las aves que han deteriorado muros y molduras durante años, y están reparando las bajantes obturadas, responsables de los graves daños que presenta la capa asfáltica del tejado. El estado del edificio es tan primordial para ellos que han organizado un turno de vigilancia nocturna, destinado a protegerlo e impedir que ningún incontrolado acampe en él. Están orgullosos de lo que han hecho, y tienen tantos motivos que la veraneante se emociona al escucharlos. Tienen también la esperanza de consolidar Valcárcel como un centro cultural permanente, a pesar de las dificultades con las que tropiezan.
-Desde que hemos llegado -cuentan con una sonrisa-, a todo el mundo le interesa mucho este edificio. Lo estaban dejando caer a pedazos, ¿sabes?, los cristales de las ventanas estaban rotos; los marcos, arrancados; los desagües, cegados, y ahora... Ahora, la Diputación de Cádiz tiene la oportunidad de reconocer el trabajo que ella misma debería haber emprendido hace tiempo. Y si, una vez resuelto el litigio con aquel grupo hotelero que también acaba de acordarse de que una vez firmó un contrato que no considera completamente resuelto, no llega a un acuerdo con la Asamblea de Valcárcel, habrá privado al barrio de la Viña de un centro cultural, generador de oportunidades y de puestos de trabajo para los vecinos.
Mientras tanto, quien sienta la tentación de comprobar que los milagros existen, no tiene más que entrar por esa puerta. Y para quienes sigan opinando que el 15-M no es más que un movimiento de drogotas niños de papá que hacen botellón en las plazas, el colegio Valcárcel está en pleno centro de Cádiz, frente al balneario de la playa de La Caleta. Vayan a verlo. No tiene pérdida.


Almudena Grandes, El País.

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