28 jun. 2010

Pan y circo

(Tercer acto y final de la primera serie del Ruedo Ibérico)

Bien conocida es desde antaño la necesidad de agasajar al pueblo mediante la puesta en marcha de diversos entretenimientos lúdicos capaces de arrancarles, por momentos, a la miserable monotonía de sus quehaceres diarios y, a la postre, colmar su tiempo libre otium con ocupaciones tan inocentes como el forcejeo asesino de los gladiadores romanos o la animada correría de veintidós almas dándole pataditas a un balón en los abarrotados coliseums modernos. Así, los exuberantes combates de gladiadores organizados en la Roma imperial afín de apaciguar los caldeados ánimos del populus latino, no dejaban de ser, asimismo, una eficaz panacea concebida para amortiguar los envites del populacho descontento. De una forma sutil - una especie de psicología inversa-, los asistentes al Coliseum romano daban rienda suelta a sus pasiones más conspicuas y destructoras durante aquel espectáculo sanguinario, padeciendo, según aducía Aristóteles, una purificación o catarsis de sus pasiones desordenadas y, al mismo tiempo, experimentando un consabido efecto amilanador: habida cuenta de que los allí reunidos lograban desfogarse a su antojo y acabar, como diríamos hoy, hechos un pincel. El lenitivo anhelado para mantener siempre a raya los vaivenes de la incontrolable voluntad popular. Una voluntad, sin embargo, sesgada y bien contenida en el limbo de una pertinaz indiferencia, reflejada por el indolente alelamiento de buena parte de la colectividad social ante el opiáceo control y voladizas dosis de felicidad acuñadas en el reino del impúdico espectáculo. El pan y el circo necesarios para contener y enmendar el clamor de las voces insatisfechas con la política romana. Las artes terapéuticas de este ingenioso placebo romano, residen, a todas luces, en un descubrimiento sin precedentes en la historia: el populacho es acusadamente olvidadizo y conformista. Ante esta deslumbrante revelación, enraizada en los profundos estratos de la “psiqué” humana, nada se podría replicar. Una vez saciados los instintos vitales - el hambre y los placeres carnales- el resto no son más que burdos oropeles, tan sólo diferentes formar de culminar estos dos instintos según las necesidades de los poderes establecidos. En nuestro caso, no cabe sino echar un vistazo en derredor y advertir como las instituciones – oficiales o para-oficiales- se encargan de organizar el tiempo en franjas de mayor o menor audiencia, jornadas de máxima o mínima afluencia – fines de semana y días festivos- temporadas altas y bajas. Con estas pesquisas iniciales, no sería aventurado sostener que una de las herramientas más queridas y eficaces del dominio lúdico está simbolizada en los “Teleprogramas” dónde el tiempo aún por venir, esto es, el futuro - compilado en días, semanas e incluso meses- se programa bajo el patronazgo de las cadenas televisas y el imperio del espectáculo. Es importante, para nuestro análisis, subrayar el rasgo del tiempo aún por venir porque este representa el futuro, es decir, esa proyección incierta del avenir regida por la absoluta libertad y azarosidad de los acontecimientos. Anticiparse al futuro forma parte de la condición humana, pero organizar y, en cierto sentido, condicionar el avenir, orientarlo y predisponerlo conforme a los predicamentos dictaminados por el mercado del espectáculo significa desbancar la libertad humana en favor del más aciago determinismo mercantil.

Por otro lado, la hegemonía del espectáculo en la sociedad contemporánea se ha transformado en un hontanar casi exclusivo de valores en boga. En este sentido podemos pensar en el culto desenfrenado al cuerpo, el hedonismo de la abundancia, el erotismo vulgarizado, la mercantilización del placer, el voyeurismo de libidos virtuales o la transgresión del individuo transgredido, esto es, la afirmación de una individualidad en la mera ruptura de las formas establecidas – pienso en fenómenos sociales tales como “Lady Gaga” o el finado “Michel Jackson”- y la adoración de una nueva categoría social: el famoseo. Hace apenas un año el coleccionable mensual Le Monde Diplomatique presentaba una encuesta realizada sobre la población escolar francesa, niños y niñas entre 8-16 años, respecto a sus futuras inclinaciones profesionales. Así, a la pregunta “qué te gustaría ser de mayor” más del 30% respondería: Famoso. Si la realidad fuera racional y lo racional fuese real, entonces no tendríamos por qué alarmarnos ni con estas estadísticas ni con el trasfondo social que las sustenta. Tan sólo bastaría esperar que la propia marcha de los acontecimientos sociales procediese a su justa rectificación. Sin embargo, allende las especulaciones, se imponen los hechos que, como tales, son impepinables e incontrovertibles. La alianza entre capital y espectáculo, el ensamblaje entre diversión y valores daría lugar a un nuevo tipo de organización social que Guy Debord nombraría “La sociedad del espectáculo” allá por el año 68. Los tiempos han cambiado y de aquel tiempo a esta parte se han multiplicado, acelerado y sobremanera proliferado los avances tecnológicos. Este omnímodo avance de las nuevas tecnologías ha ido acompañado, a la par, de una profunda modificación de las conductas y una amplia revolución de las costumbres – sobretodo en países democráticos-. Las modificaciones cualitativas producidas durantes el siglo pasado se han propagado y sedimentado lentamente en el interior de las casi imperceptibles estructuras de “longue durée” – como diría Ferdinad Braudel- concomitantes a todo proceso histórico. Una de estas modificaciones cristalizadas en el seno de las nuevas “sociedades del espectáculo” radica en la acusada disminución – más bien carencia- del juicio crítico ejercido por la opinión pública. La falta de discernimiento popular capaz de elevar una voz firme y unánime contra los desafueros del gobierno o bien, los indecorosos desenfrenos de la balumba televisiva, se palpa cuando los platós de televisión rezuman de empingorotadas señoras, señores, jóvenes, jóvenas y ancianas plañideras arrobadas ante la inconmensurable emoción de asistir en directo al retorno televisivo de la “princesa del pueblo”, Belén Esteban, con su retocada narizota. Si Nikolai Gogol resucitase mañana, estallaría en sardónicas carcajadas cuando advirtiese que semejantes episodios de la vida real se corresponderían punto por punto a las alocadas fabulaciones de su obra La Nariz. Para mayor inri, no quedaría más que acotar los quince días durante los cuales, la vocinglera presentadora estuvo alejada de los platós televisivos y enumerar los artículos, tertulias y noticias relacionadas con “la nueva nariz de la susodicha presentadora” – un dato revelador: dicha información también fue comentada en periódicos tales como “El País” y “El Mundo”-. Algunos, amparados tras el cobarde anonimato de una etiqueta, pensarán que todo esto no es sino una mórbida ilusión de mentes calenturientas o bien, de pedantes, petulantes o ágrafes vanidosos incapaces de distinguir entre el uso correcto del vocablo “gaceta” y el incorrecto “gazeta” – a menos que no se utilice ni en italiano ni en ruso-. Con todo, los bizarros acusadores olvidan a menudo que la única petulancia remarcable, en este caso, consistiría más bien en acusar sin señalar, en apuntar las supuestas faltas sin aportar ningún juicio o reflexión capaz de dilucidar los claroscuros de una exposición fallida. Aquéllos se asemejan al cerril abogado que basaría su acusación particular en la única prueba fehaciente de “la poca simpatía que le despierta el sujeto en cuestión”. Inútil sería entrar en detalles para evidenciar la poca falta de probidad intelectual y valentía en individuos de esa calaña. Por añadidura, a día de hoy, esa polilla mamporrera aún no ha conseguido percatarse de que la única forma de inclinar siquiera la balanza de la moribunda opinión pública - crítica y seria- no pasa, ni mucho menos, como algunos se empeñan en darnos a entender, por abrumar a los lectores con manidas cifras y estadísticas que cambian constantemente según el albedrío de los centros oficiales de computación ni tampoco, si cabe, dejando entrever su patente disconformidad sin aportar argumentos o razones suficiente para establecer una reflexión crítica conjunta. Estos malabaristas del guarismo enarbolan el credo de las cifras y estadísticas como el vademécum de un renovado mesianismo revolucionario, sin parar mientes, en la necesidad de arrumbar los papelajos encriptados en las gavetas de sus empolvados escritorios y tratar de remozar la marcha desastrosa de esta España de “farándula y capotes”, rociando la simiente errabunda de la nuevas generaciones con la mordacidad y novedad de una reflexión crítica que se aparte de los cauces concertados por los poderes seculares, esto es, los medios de comunicación – radio, prensa y televisión, salvo honrosas excepciones. ¿Acaso la solución pasaría por la simple y llana “depuración”? Hago notar que semejantes términos como “depurar” en lugar de “limar”, “modificar”, “remodelar”…etc, forman parte del horripilante idiolecto del más puro fanatismo ideológico. La depuración corresponde a la censura más abominable: la censura inquisitorial que se empeña en imponer una única, válida e indiscutible composición de la realidad, el mundo y las ideas sin tratar de llegar a un acuerdo entre las partes implicadas. Las ideologías, digo, han sido y serán la lepra de toda sociedad. El siglo XX asistió al auge de las ideologías con el estallido de dos guerras que sacudieron Europa y tuvo que apechugar con onerosas muestras de ese ciego fanatismo tales como la exterminación de los judíos, los campos de trabajo forzados (Gulag) en la Unión Soviética, las atrocidades de la Revolución Cultural en China, la sangrienta gazmoñería de Jomeini o las matanzas de Pol Pot.

Como veníamos diciendo - antes de realizar este largo excurso-, las nefastas consecuencias acarreadas tras la implantación de un nuevo tipo de organización social denominado “Sociedad del Espectáculo” radicaban especialmente, entre otros muchas síntomas, en la zafia condescendencia de una audiencia o público pregnado de los malsanos valores pergeñados en el ámbito de la “irrealidad mediática" y su falta casi absoluta de juicio crítico. Por otro lado, en las “sociedades del espectáculo” también prolifera un remarcable fenómeno de adocenamiento general. Un fenómeno aclimatado por la adecuación, o mejor dicho, constricción del horizonte cultural de la ciudadanía a los reclamos exclusivamente inventariados de la lógica mercantil. A modo de ejemplo, podríamos poner sobre el tapete las encuestas de población, realizadas cada cierto tiempo por las grandes firmas discográgicas y editoriales, a fin de evaluar el impacto de sus nuevos productos – llámese Javier Marías, Fernando Savater, Boris Izaguirre, David Bisbal o Chenoa- sobre la populación. De esta forma se emprenden costosas campañas publicitarias con la finalidad de ahormar a priori los “gustos” del público y garantizar la posterior recepción y adquisición de sus productos. Una refinada labor de ingeniería mercantil que puede llegar a modificar a su antojo los gustos de un “público adocenado”. Sin ningún reparo, el ciudadano pasa a ocupar de inmediato la casilla de “consumidor empedernido”, al auspicio de la envilecida lógica mercantil. De ahí, la importancia de mimar al ciudadano-consumidor a sabiendas de su importante posicionamiento en la correa de transmisión mercantil. La dinámica mercantil del mundo desarrollado se imbrica, pues, en el interior del “entresijo espectacular, bien articulada y coordinada con el modelo socio-cultural esbozado en el funciomiento de la democracia capitalista. Un capitalismo que responde a su vez, al arquetipo de una modernidad desquiciada, una modernidad traumatizada, producto de profundas rupturas donde los abusos de una libertad mal orientada han degenerado en una crisis de valores sin precedentes. Desbordados por un nihilismo de signo opuesto al nietzscheano, no afrontamos una negación crítica de los valores establecidos sino su disolución en una amazacotada y pasiva indiferencia, ya apuntada, años atrás, por Octavio Paz en su recopilación de artículos intitulada Tiempo nublado,

La enfermedad de Occiente, más que social y económica, es moral. Es verdad que los problemas económicos son graves y que no han sido resueltos: al contrario, la inflacción y el desempleo aumentan. También es cierto que, a pesar, de la abundancia, la pobreza no ha desaparecido. Vastos grupos –las mujeres, las minorias radicales, religiosas y linguisticas- siguen siendo o sintiédose exluidos. Pero la verdadera y más profunda discordia está en el alma de cada uno. El futuro se ha vuelto la región del horror y el presente se ha convertido en un desierto. Las sociedades liberales giran incansablemente: no avanzan, se repiten. Si cambian, no se transfiguran...

Uno de los mayores responsables de este marasmo moral ha sido la interiorización de los engranajes socio-culturales difundidos con el advenimiento de la “sociedad del espectáculo” y, cuyos deplorables efectos sobre el conjunto de la ciudadanía, ponen incluso en tela de juicio uno de los principios fundamentales de la extinta democracia: la separación de poderes. El remedio para acabar con los abusos de poder, pasa, ante todo, por el sistema de balanzas y controles regido por la independencia de los poderes ejecutivo, legislativo y judicial sometidos al contrapeso de una opinión pública en las decisiones gubernamentales a través del sano y cuerdo ejercicio de la crítica. Este contrapeso esencial para evitar la confabulación de los tres ámbitos del poder, se desgasta y desfallece paulatinamente a medida que la estulticia y la desazón, se apoderan de una gran mayoría, incapaz de reaccionar ante las embestidas del morlaco político-mercantil. Ahora que los estados claudican ante las arrogancias del mundo financiero, un nuevo episodio se suma a toda esta abyecta serie de abusos de poder promovidos por la soberbia de un estamento asimismo tan corrompido como el bursátil – la diputambre- cuya impunidad responde, en parte, al desmantelamiento de una opinión pública combativa en España. Me refiero a las declaraciones del Defensor del Pueblo de la Comunidad Valenciana tachando de correcta la retirada, durante el pasado mes de marzo, de algunas fotografías exhibidas en la muestra Fragments d’un any porque “no garantizaban la formación de una opinión pública libre y no manipulada”. En democracia todo está permitido, excepto la sumisión pasiva y la indiferencia.

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