26 may. 2010

La Diputambre
(Primer acto del Ruedo Ibérico)
En ocasiones personalidades fuera de lo común – ya sea consecuencia de su genialidad innata o rocambolesca excentricidad- concitan, en general, toda una plétora de sentimientos contrapuestos - que oscilan entre el sainete popular y el encomio enfervorecido-, llegando incluso a poner el santo en el cielo de aquellos incontrovertibles y obcecados defensores de la normalidad cotidiana. Así, el nombre de Francisco Umbral provocaría semejantes reacciones en cadena. Sin embargo, la prosa mordaz, ruda y desenvuelta de Umbral – que nunca deja indiferente a nadie- nos descubre una concepción del Madrid capitalino a finales de los noventa harto alejada de los pudibundos requilorios periodísticos y timoratas adhesiones al credo partidista promulgadas por nuestras eminentes plumas dominicales. Si nos adentrásemos en los arcanos de este universo umbraliano, de rondón y como si de un mirífico maná se tratase, nos daríamos de bruces con la descripción de un paisaje político-social sobremanera desconcertante e incapaz de solaparse a nuestra imagen concertada de la realidad española. Una realidad enquistada en el imaginario colectivo difundido y manipulado con la perita aquiescencia de los medios de comunicación oficiales. Con Umbral, lo negro se vuelve blanco, las noches se convierten en días y la izquierdas se vuelve derechas o, al contrario, las derechas se vuelven izquierdas. Así, gracias a la pluma encalabrinada de Umbral y el inigualable cacumen del gran literato gallego Valle-Inclán me propongo inaugurar el ciclo El Ruedo Ibérico, cuya primera serie estará compuesta de tres artículos “La Diputambre”, “La Mayoría Silenciosa” “Pan y Circo”, tan sólo con la pretensión añadida de ofrecer al lector un panorama remozado de la realidad cotidiana en nuestro país.

Don Francisco Umbral, movido por el prurito taxonómico propio del buen zoólogo escrutaba atento la realidad madrileña hasta el extremo de llegar a cerciorarse, para su asombro, de la inusitada aparición de una nueva especie animal que, en un brevísimo lapso de tiempo, supo adaptarse a las condiciones ambientales de la Península y convirtió el Parlamento en un hábitat propicio para desplegarse en toda su potencialidad biológica. Una especie que - por utilizar la expresión del inolvidable Félix Rodriguez de la Fuente- procedente de la “España profunda” había conseguido llegar hasta Madrid sin apenas levantar sospechas. Umbral se las vería, pues, con la denominada Diputambre.
Ataviados con elegantes corbatas, lustrosos zapatones, deslumbrantes maletines de cuero e impecables trajecitos adquiridos verbigracia la desinteresada munificencia de algún rumboso mecenas de la construcción en alguna tienda con rótulos franceses o italianos, aquellos flameantes hombres y mujeres son los encargados de salvaguardar el bienestar del estado español y lidiar con las achacosas acometidas de una economía en horas bajas. Aunque, bien pensado, tantas zarandajas y oropeles, viajes alrededor del mundo, chalets a la orilla de la playa y ajetreo oficial de sus cargos: cenas, inauguraciones, correrías con el presidente del Tribunal Autonómico, el Fiscal General, el gerente de afamadas firmas hoteleras, bancarias o financieras , no encaja con el paupérrimo estado de sus cuentas bancarias. Cada uno de estos pobres hombres y mujeres, subyugados en el muladar de una próspera miseria, andan hechos unos azacanes dedicados en cuerpo y alma al siempre complicado manejo de los asuntos públicos. Bienhechores de la humanidad, emprenden sus tareas con tal irreprochable abnegación que deberíamos estar sumamente agradecidos a la historia por habernos brindado semejantes gracias divinas nunca jamás atestiguadas desde la parentela de los reyes católicos hasta los últimos días de Azaña. Valedores de dotes cuasi sobrehumanas, estos “buenos conocedores de las cocinas regionales” – escribía Umbral- acuden ceremoniosamente a sus escaños donde se enzarzan en agrias disputas, se desgañitan deslumbrando al hemiciclo con ardorosas soflamas dignas del propio Cicerón, componen lúcidos palimpsestos y desgranan pomposas catilinarias. Tanta dedicación conlleva su contrapartida, claro está, en la afectada muestra de cansancio crónico atisbado entre algunas de estas grandilocuentes lumbreras. Tales indisposiciones crónicas, fomentadas a tenor del cansancio acumulado y su conspicuo sentido de la responsabilidad pública, acaban por desgastar su inquebrantable voluntad, dando pie a situaciones del todo inesperadas, o más bien, sorprendentes.
A veces, no sólo es la fatiga - que sin duda llevaría al señor Zaplana a tildar de ridículas las indumentarias tradicionales embozadas por las campesinas mozambiqueñas-, sino también la imprudencia ante un micrófono abierto en plena sesión o las conversaciones telefónicas grabadas por algún juez intrometido. En estos derroteros otra vez encontramos al señor Zaplana deleitándonos, para estupor general, con una montaraz conversación telefónica registrada a raíz del sumario judicial abierto para continuar las investigaciones iniciadas por el Caso Nereida, donde confesaba sin tapujos “Yo estoy en política para forrarme” Bien es sabido que Eduardo Zaplana bromeaba, porque este hombre es muy solaz y la chanza no fue más que un “desliz” sin importancia. Además si medio planeta se conmueve para rendir el último adiós a un pederasta sodomizador como Michel Jackson porque no vamos nosotros a perdonar al bueno de don Eduardo. En fin, todo olvidado, errare humanum est y dejemos tranquilo al devoto don Eduardo copando su escaño en el Parlamento y adorando a la Virgen de la Macarena o la Fuensanta. Tampoco pequemos de ingenuos y creamos que entre la Diputambre sólo se las gasta Zaplana. Asimismo podríamos sacar a colación una entrevista radiofónica del actual ministro de cultura donde aquél declarase sin ningún pudor que “en las altas cumbres del pensamiento - de las que el mismo participa- se cita hasta en alemán”. A este último, aquello se le escaparía como a quien desvaría en sueños porque todos damos por sentado que semejantes disquisiciones nunca serían pronunciadas en las “altas esferas del pensamiento”. Imaginemos, por un instante, el caso contrario: al ministro de cultura alemán proclamar “en las altas esferas del pensamiento citamos hasta en español”. Quizás el entrevistador perfilase una sonrisa indolente o, por decoro, guardase silencio. Si nuestro eminente ministro, en lugar de inferir tales patochadas, se hubiera arrancado súbitamente al recitado de la Biblia en arameo, la Ilíada en griego clásico o el Maharabata en sánscrito, entonces no nos quedaría más remedio que quitarnos el sombrero y acompañar el gesto de un sincero “chapó”. Pero de nuevo seamos benevolentes y otorguemos al señor Gabilondo y la Diputambre nuestro voto de confianza. Aquél será un dechado de virtudes y sus palabras fueron el fruto de un despiste parejo a la desabrida peineta del ex-presidente Aznar ante la insistente alharaca de un grupo de jóvenes alborotadores. Y es que “manda huevos”, como dejaría suscrito Trillo, que un miembro de la Diputambre se deje encrespar por las envestidas del vulgo maleducado. A la sazón, como todos sabemos, la Diputambre se distingue, entre otras muchas cosas, por sus buenas maneras y modales. Por ende, todos nos quedaríamos patidifusos ante la llamativa peineta del rejuvenecido Aznar, el malsonante “hijo de puta” de doña Esperanza Aguirre dirigido a su bienamado alcalde de Madrid o tal vez las exultantes muestras de amistad de Francisco Camps y su mujer en sus animadas conversaciones con El Bigotes, promotor de una extendida trama de corrupción política ¿Cómo conciliar ese lenguaje barriobajero de la Diputambre con sus asépticos discursillos públicos o sus apariciones televisivas? Puestos en vereda podemos llegar a suponer que quizás, una vez despojados del pesado envoltorio público y el ritualizado código parlamentario, la Diputambre se calce las zapatillas de andar por casa y nos deje al descubierto su cara oculta: un rostro privado y escamoteado al público bajo los embriagadores encantos de la etiqueta electoral, porque como bien rezaba la copla
Azules eran los ojos del hombre que me engañó,
Ojos del color del cielo ¡mira tú si fue traición!
Por tanto cabría la posibilidad – por supuesto siempre remota- de considerar que aquellos ínclitos portadores de la voluntad ciudadana no fueran más que afortunados tartufos, no exentos de buenas aldabas y dotados de muy buenas tablas para desenvolverse, como peces en el agua, dentro del turbio submundo de los asuntos públicos y la política. Pero esto no son más que arrevesadas reflexiones de una calurosa noche de Mayo porque yo juro y perjuro por la presunción de inocencia -no sea que algún malhadado lector me acuse de infamia y prevaricación poniéndome bajo la mirada cautelar de la tuerta Justicia- y abogo además, por la irreprochable catadura moral de le Diputambre porque mientras nuestras dudas sigan sin resolver nada de nada, más valdría, entretanto, seguir a Cicerón - para mantener aún viva siquiera una brizna de esperanza y hacer “como si”- cuando avalaba que el hombre de estado siempre pone al servicio de la ciudadanía todas sus cualidades, usum, et scientam, et studium, esto es, su experiencia, su saber y su celo emprendedor en la resolución de situaciones complicadas.



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