30 sept. 2012

¿Otra reforma educativa?


A un mes de septiembre marcado por el inicio del curso escolar y académico más austero de la reciente historia de la democracia española, se le suma, desde el pasado 21 de septiembre, el anuncio de una nueva reforma educativa, vía la tramitación del anteproyecto de Ley Orgánica para la Mejora de la Calidad Educativa. Según afirma el ministro de Educación, Cultura y Deporte, Jose Ignacio Wert, es una reforma necesaria para mejorar la competitividad de los jóvenes españoles en un mercado global y muy exigente. Una reforma “que mira hacia fuera, sensata, gradual, instrumental y en modo alguno, ideológica” (ABC, 21-09-2012). Allende las protestas de algunos colectivos de enseñantes y diversas comunidades que interpretan la reforma como un intento de centralizar la educación, despojando a los respectivos gobiernos autonómicos de sus competencias para establecer los contenidos educativos, lo cierto es que, la nueva reforma educativa, también se presta a otro tipo de lecturas integradas dentro del marco general de recortes emprendidos por el gobierno de Mariano Rajoy.
En esta coyuntura de desaceleración económica y disminución del gasto público ¿cómo conciliar una reforma, encaminada a mejorar la competitividad de los jóvenes españoles, con las medidas de austeridad y los recortes en las administraciones públicas? Si, armados de paciencia, echásemos una hojeada a diferentes medios de comunicación autonómicos y regionales, advertiríamos, de inmediato, las constantes denuncias de agrupaciones sindicales y educativas que nos advierten de un deterioro de la enseñanza derivado de la masificación de las aulas y, más grave aún, de la incapacidad de algunas Administraciones para cubrir las bajas de profesores en numerosos centros escolares de primaria y secundaria.
Así, el diario de la provincia de Alicante en su edición electrónica del 8 de septiembre comenta las vacantes para docentes no adjudicadas todavía en Infantil y Primaria se han cebado con las especialidades de Inglés, Música, Logopedia o Educación Física. Además, no se han cubierto las vacantes generadas por excedencias, reducciones de jornada o comisiones de servicio, hasta una media que las formaciones sindicales cifran en un docente por centro entre los 400 centros de la provincia. Por su parte, el diario Sur, también en su edición electrónica, denunciaba el pasado 20 de septiembre, la situación del colegio de Xarblanca (Málaga), abriendo un titular de noticia con el marbete: La falta de docentes saca a la calle a padres y alumnos del colegio de Xarblanca. De igual forma, Cantabria24 horas, apuntaba en su página electrónica del 12 de septiembre que los sindicatos docentes califican de “desastre” el inicio del curso escolar, que arranca con 500 profesores menos que el anterior que, según han advertido, arrancará este jueves con 2000 alumnos más y unos 500 profesores menos, entre vacantes y sustituciones sin adjudicar. Y caso aún más sangrante el de Torre-Pacheco (Murcia), que ha dado pie a la protesta de un numeroso grupo de padres y madres de alumnos por la falta de profesores en el centro de Enseñanza Infantil y Primaria “San Antonio” desde la inauguración del curso escolar el pasado 7 de septiembre (información extraída de la página web de Radio Torrepacheco). Una vez más, y a tenor de los ejemplos mentados, convendría preguntar ¿cómo piensa apañarse el ministro Wert para llevar a buen puerto los cometidos de la reforma, cuando se carecen de los medios materiales y humanos? ¿De qué forma garantizar la “competitividad” de los jóvenes si las administraciones se ven incapacitadas para solventar con eficacia sus competencias educativas?
Es evidente que la educación española padece grandes anomalías. Sin embargo, las reformas educativas de los anteriores gobiernos han naufragado una detrás de otra en su empeño de mejorar este negro panorama. Y este recurrente descalabro de la educación española – buena muestra de ello son los demoledores informes PISA- tiene, tal vez, su  origen en tres focos complementarios: en primer lugar, las altas tasas de fracaso y abandono escolar propiciadas, en gran parte, por el acceso al mercado laboral de una gran mayoría de jóvenes sin formación durante los años del boom económico. Movidos por la inercia generada en torno al negocio del ladrillo, una masa de jóvenes con un perfil de baja cualificación, accedieron de forma directa a puestos de trabajos medianamente remunerados en sectores como la construcción. Pero entonces, a nadie le preocupaba el futuro de estos jóvenes, porque nadie hizo hincapié en la necesidad imperiosa de contrarrestar paulatinamente esa dinámica de abandono y fracaso escolar por un modelo de desarrollo menos dependiente del negocio del ladrillo. El segundo foco de este fracaso del modelo educativo, en estrecha relación con el primero, estriba en la inepcia de políticos y gobernantes que, durante años, se han mostrado reacios a fomentar un modelo de crecimiento alternativo y unas infraestructuras económicas orientadas hacia la implementación de la innovación y el desarrollo. Si las políticas educativas de los últimos gobiernos hubieran puesto coto al fenómeno de la deserción en las aulas, buscando un punto de equilibrio entre la formación académica o profesional y las necesidades de un mercado laboral mucho más diversificado, quien sabe si la propia estructura de una economía española más dinámica y versátil, no nos hubiera ahorrado el actual – y terrible- problema del desempleo, sobre todo juvenil. Como tercer foco de propagación, cabe señalar a la propia dinámica de una inversión decidida por incentivar la educación. A los criterios a corto plazo de la racionalidad económica y mercantilista que manejan nuestros políticos, se le opone una lógica educativa condenada a obtener resultados solamente a largo plazo. En efecto, los frutos de toda educación y todo sistema educativo de calidad, adaptado a las actuales exigencias del mercado laboral, necesitan de una lenta maduración y no se entroncan dentro de las dinámicas gubernamentales empeñadas en modificar los planes de estudios y los modelos de calificación al inicio de cada nueva legislatura. De ese modo, no se soluciona nada, al contrario se empeora la ya de por sí delicada situación.
Durante los años de bonanza económica las autoridades gubernamentales y autonómicas han ido parcheando el problema educativo, gracias al certero manejo de un “milagro español” anunciado a bombo y platillo en las holgadas cifras exhibidas anualmente por el P.I.B. Se decidió hacer la vista gorda y apostar por un modelo de crecimiento que, a la postre, resultó más perjudicial de lo esperado: en cuatro años se ha perdido todo lo que se avanzó en doce años, como si una ráfaga de aire hubiera derribado nuestro frágil y voladizo castillo de naipes.
La construcción de complejos turísticos de ensueño o la inauguración de fastuosos aeropuertos fantasmas pesaban más en la balanza de las autonomías que todas las cuestiones relacionadas con la educación. Nadie se preocupó en su momento de invertir en infraestructuras educativas que fueran gradualmente desplazando un modelo de crecimiento basado en el ladrillo, por un sistema más equilibrado y que, al mismo tiempo, hubiera dotado a España de una economía más sólida y semejante al de los países más desarrollados del espacio europeo. Países, cabe recordar, en donde el impacto de la crisis financiera ha tenido una incidencia mucho menor, dada la capacidad de resistencia y adaptación de unas economías más versátiles, y asentadas sobre los pilares mucho más firmes de la innovación y el desarrollo.
 Y es que la Educación es inversión; pero una inversión de futuro que, si se acometiera desde unos criterios de la racionalidad a largo plazo, nos serviría de parapeto para prevenir posibles crisis de este calado y evitar ulteriores intervenciones de Europa en la economía de un país maltrecho y, en tantos otros aspectos, mal gestionado. Un país, España, que ahora afronta las consecuencias de esas malas prácticas, proponiendo otra reforma de la educación en un momento inoportuno y sin muchos visos de constituirse en la verdadera y definitiva panacea que tanta falta hace a la educación en este país. Una reforma que ni solucionará el problema de la educación ni logrará dotar a España de un modelo social, cultural y educativo a la altura de los tiempos y las exigencias de una Europa cada vez más fracturada en un norte prolífico y un sur transformado en un criadero de jóvenes sin futuro. 

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