28 ago. 2010

Caritas in veritate

A día de hoy, nadie se alarmaría, llevándose las manos a la cabeza, si alguien le revelase por lo bajo, la importancia del dinero en el comercio de nuestra vida diaria, porque, a todas luces, hemos aprendido desde la más tierna infancia que “todo se compra y todo se vende”. Esta fetichización o mercantilización de las relaciones humanas en el seno de las sociedades modernas viene de lejos y tanto eminentes filósofos como destacados escritores, comenzarían a encuadrar este fenómeno, teniendo siempre en cuenta, el valor añadido del dinero en la confección de la sociedad moderna, durante la segunda mitad del siglo XIX, así como su incidencia inmediata en la conformación de la condición humana.

Encontramos, pues, en esta primera etapa de la reflexión en torno al fenómeno del dinero, la paulatina aparición en el panorama literario francés del “dinero” como símbolo emblemático de la Restauración napoleónica y su posterior degradación hasta el advenimiento de la Tercera República. Escritores de la talla de Flaubert, Balzac y Zola desgranaban los entresijos del complejo humano-social con la descripción e inserción de algunos personajes en sus obras, cuyas principales peripecias giraban alrededor del dinero. El dinero entronado, ungido, revelado a la luz de la narrativa, se transformaba, al mismo tiempo, en una categoría social capaz de guiar los movimientos de individuos abandonados a su suerte, alentar acciones de una vileza despreciable, desencadenar todo tipo de pasiones o concitar una ciega obsesión rayana a la locura que, en ocasiones, provocaría la aniquilación moral de los personajes, llevándolos al punto álgido de la absoluta destrucción de los valores, con la ejecución del acto criminal - como le sucedería al atribulado Raskolnikov de Crimen y Castigo. Entretanto, sociólogos y antropólogos se desgañitaban, al unísono, tratando de mostrar al mundo que la tan extendida noción del homo economicus, no respondía sino a una categorización “a posteriori” de la naturaleza humana, siendo por tanto incapaz de integrarse, concebirse y equipararse con una esencia propiamente humana – como el homo rationale et socialis pergeñado por Aristóteles. De esta forma, los trabajos emprendidos por Bronislaw Malinowski, en el seno de las comunidades indígenas asentadas en el archipiélago del océano Pacífico formado por el conjunto de las islas Trobriand, dilucidarían cómo los vínculos de convivencia detentados entre los moradores de una misma comunidad o tribu vecina, no respondían, en absoluto, al modelo de convivencia esbozado en el conjunto de las sociedad modernas afianzado bajo la férula del economicismo rampante. Seducido por la descripción de una comunidad cuyo modus vivendis se organizaba a expensas de las relaciones meramente económicas, el sociólogo francés Marcel Mauss, publicaría su famoso Essai sur le don, dónde analizaba minuciosamente la categoría de “don” colegida a semejanza de un intercambio de bienes sin ningún tipo de beneficio o retribución material para cualesquiera de las partes implicadas en la relación. A través de esta noción de “don” se dejaba asimismo entrever que el homo economicus, modelado por los dictados decantados en la alquitara de la economía, no era más que el producto de una postrera aclimatación de la condición humana a la mercantilización de la vida vehiculada tras el advenimiento de la Revolución Industrial y la flagrante incursión del dinero en el complejo regulador de la sociedad.

A pesar de la reticencias iniciales elevadas por una cierta parte de la intelectualidad hacia la inmoderada asunción del homo economicus, no podemos olvidar que, cual nos pese, siempre ha existido una institución que ha tildado la reducción de la naturaleza humana a un burdo proceso mercantil cómo una aberración propia del progreso y la modernidad. Esta fuerza centrípeta, garante de los valores propiamente humanos, ha sido la Iglesia Occidental hasta el 29 de Junio del 2009. En esa fecha excepcional, el papa Benedicto XVI publicaría la encíclica intitulada Caritas in veritate (El amor en la Verdad), con la cual, el Vaticano, se presentaba como un protervo aliado y firme defensor de las doctrinas neoliberales. Antaño, muchos religiosos condenarían abiertamente el desarrollo de la sociedad capitalista debido a su “perversidad intrínseca – esta misma expresión sería utilizada por Benedicto XVI, en su última visita a África, para condenar el uso del preservativo cómo algo “intrínsecamente perverso”. Sin embargo, de un tiempo a esta parte, el Vaticano ha regulado sus sagradas convicciones, retomando la senda trillada años atrás por el anterior papa Juan Pablo II cuando enseñaba sin amilanarse un ápice que todo trabajador es un creador – habrá que recordarle estas sagradas convicciones a los trabajadores de un almacén de conservas, recolectores, camareros y encargados del mantenimiento de las carreteras-, para acabar alabando los efectos tonificadores del capitalismo, la mundialización y el mundo de las finanzas en el desarrollo de los países más necesitados, el advenimiento de un mundo unificado y mucho más fraternal, pero olvidando – un simple descuido- añadir ni tan siquiera una palabra sobre la injusticia y amoralidad consubstancial sobre la cual se erige el libre intercambio y se organiza la globalización en los países en vías de desarrollo. Para acabar poniendo la guinda al pastel, Benedicto XVI retoma las palabras escritas por su antecesor en la encíclica Popularum progresio de 1967, los pueblos del hambre reclaman dramáticamente la atención de los pueblos de la opulencia, dónde ya se traslucía cierta inclinación del Vaticano hacia el modelo de desarrollo capitalista, entendido como remedio para paliar la hambruna y el subdesarrollo de lo más desfavorecidos, concluyendo, atrevidamente, que ahora el “mercado” se ha convertido en la mejor herramienta, la única solución factible, para acabar con las desigualdades norte-sur cuando dictamina que, la sociedad no debe protegerse del mercado como si el desarrollo de este último implicase la muerte “ipso facto” de las relaciones auténticamente humanas, al modo de un curtido economista empeñado en provocar nuestra inmediata conversión en los divinos preceptos emanados del mercado global. Con todo, ya sabemos que los caminos del señor son inescrutables – tanto como intrincados e inesperados- y buena muestra de ello, se halla en esta entusiasmada oda papal donde se honoran los retruécanos del cruento neoliberalismo y se establece una alianza definitiva entre el reino de los cielos y el reino del capital.

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