
“Pero claro”, puede aducir alguien, “¿qué hacer, por ejemplo, cuando todas las cadenas, todos los medios, se parecen tanto que, si molesta uno, tal vez molesten todos?” Echando un vistazo a las parrillas de las televisiones generalistas en ciertas franjas horarias, es perfectamente posible sostener ese argumento. A veces sucede incluso, aunque es más raro, que varias cadenas emitan a la misma hora documentales de naturaleza y vida salvaje, ya saben, de esos que dicen que ven algunos de los detractores de otros contenidos televisivos menos ejemplares. Una posible respuesta es crear en red nuevos medios de comunicación, pero ésta, aunque importante, no es la cuestión que interesa en este concreto artículo.
En el periodismo se dice que noticia es que un niño muerda a un perro, y no lo es, por el contrario, que un perro muerda a un niño. El aforismo, repetido con irónica condescendencia por redactores jefe, directores y demás mandos, ha servido para adiestrar en el oficio a generaciones de jóvenes reporteros y reporteras, pero el uso no le ha restado eficacia: sigue siendo más noticiable lo excepcional que lo cotidiano. Eso hace que los medios tiendan a amplificar el impacto de hechos, relatos, modas y estilos de vida minoritarios: Es noticia, por ejemplo, un asesinato pasional, nombre que antes se daba a la violencia de género, precisamente porque no nos pasamos la vida matando a la gente que queremos (aunque según las estadísticas, es mucho más fácil que te asesine alguien de tu círculo más intimo que no un extraño). De la misma manera, en esta sociedad líquida que nos ha tocado vivir –y construir, no lo olvidemos–, no es extraño que los medios, que como es sabido necesitan audiencia y son capaces de casi cualquier cosa por conseguirla, resalten aquellas historias que más pueden sorprendernos, sonrojarnos, indignarnos, excitarnos o conmovernos. Decida usted, lector, espectador, miembro de una audiencia, la que sea, a qué medio adscribe uno o varios de los verbos utilizados, y en qué medio así calificado se encuentra usted más cómodo.
¿Cómo nos influyen los medios hoy en día? Pues como siempre, me temo, diría yo: Nos influyen reflejándonos. Con desenfoques, con plasticidades grotescas, con zonas que quedan en sombra porque otras aparecen sobreexpuestas. Aunque muchas veces no nos guste lo que vemos, los medios son, sobre todo, nuestra propia imagen pasada por el valleinclanesco Callejón del Gato y sus espejos deformantes. Pero entiéndaseme bien: No se trata de restarle responsabilidad a los medios. Al contrario, se trata de que cada palo aguante su vela. ¿Será que cada país, cada generación, cada grupo social, tiene los medios de comunicación que se merece? Pues a lo peor resulta que así es, como algunos dicen que pasa con los regímenes políticos. Sin embargo Roland Barthes decía que hay que enseñar a los niños a leer con incredulidad los periódicos. Esa es la cosa, creo, con los demás medios de comunicación de masas: Los niños y jóvenes deben frecuentarlos críticamente, deben entenderlos, deben disfrutarlos, porque conocer cómo funcionan los medios hace que su influencia sobre nosotros disminuya a niveles homeopáticos, porque el conocimiento, al fin y al cabo, es lo que nos hace libres.




